Hola a todas:
Me subo otra vez a este púlpito que se me brinda para decirles lo siguiente:
¡No me hagan ni caso!, ¡No tengo ni puta idea!
¿Que por qué? Porque leyéndome a mí mismo (¡ególatra! gritan desde la 2ª fila) me doy cuenta de que tiendo a decir cosas como “sí”, “no”, “no deberían” y “de todos es sabido”.
¡Que no lo se!, ¡Qué no tengo ni puta idea!
Estoy tan perdido como cualquiera. Sólo pierdo mi tiempo pensando, y pierdo mi tiempo pensando que a lo mejor la ciencia nos da alguna respuesta.
Pero la vida no trae libro de instrucciones. Como los adolescentes. O las calculadoras científicas en los chinos (o están en chino).
Nadie sabe vivir. Si alguien supiera, a estas alturas estaría forrado (salvo que saber vivir incluya no vender el método).
Todo lo que afirmo es tan verdad como mentira. Es tan sospecha como certeza. Es tan ciencia como religión. Y las dos se equivocan.
Hablo mucho, digo mucho, pero solo pretendo una cosa: piensen. Piensen en todo, en por qué lo hacen, en por qué no, en por qué creen eso y en por qué tarda tanto el autobús…
¿Seremos más felices? No creo.
¿Encontraremos una solución? Lo dudo.
¿Se decidirán a meterme en su cama? Seguro que no.
Entonces, ¿por qué?
Pues por lo mismo que los perros se ponen a correr en los parques, los niños balbucean y por lo que el puerta no les deja entrar a la disco: porque pueden.
Disfruten de darse cuenta por qué, cómo y cuánto se equivocan. Y de cuánto sufren. No les ayudara a ser más felices, pero sí a saber. Saber es mejor que lo contrario, casi seguro (no me voy a poner a defender las virtudes de la verdad sobre la mentira ahora, entre otras cosas porque no siempre me las creo… ya saben, la felicidad de la ignorancia).
Así que piensen, por favor.
Y no olviden nunca lo que dice la canción que subtitula hoy el post. La estén viviendo como sea que la estén viviendo, sólo podrán hacerlo una vez.
Esta.
12/6/08
Pensando nada.
Tan solo dame un JB, para gritar con más fe ¡sólo se vive una vez!
7/6/08
Comunicación.
Me río de aquel castigo Babel
Hola a todas:
Vivir en un país en que no hablan en cristiano es, a veces, muy desazonador. Porque las barreras idiomáticas le dejan a uno, a veces, aislado. Con cara de no saber que le han dicho, que tiene que decir o como se espera que reaccione.
¡¿¡Qué no sabe inglés!?!, cuchichean al fondo...
Para pedir cookies con pasas en la pastelería, averiguar cuanto tarda el autobus o dar media hora de charla sobre mi trabajo, sí. Me sobro y me basto.
Para que alguien te explique por qué le ha dejado su mujer y cómo se siente al respecto, o por qué decidió emplear colores ocres en ese cuadro, o para reírme con los late night shows, no.
¿Dirán que es lo mismo? Pues no, claramente no. Dense cuenta de los verbos empleados: dar, recibir...
Vamos, que no les entiendo. Sobre todo si hablan mucho rato seguido y sobre temas abstractos (como los putos cuadros). Y me dicen por aquí que lo normal es lo contrario, que se entiende antes de que se les pueda explicar cosas complejas. Será entonces que me estoy quedando sordo.
El caso es que en esta situación de indefensión social he desarrollado una serie de estrategias muy interesantes, mas evolucionadas que el conocidísimo "yes, yes, yes" que aplican aquí todos los chinos, que me sirven para quedar como un señor:
1- En las conversaciones, intenta hablar el mayor rato posible... eso llena el tiempo y, además, te hace parecer simpático, sincero y amistoso (eso me han dicho)
2- Cuando veas que se te acaba la mecha, haz una pregunta en que la respuesta sea evidente, al estilo "¿Te gustaría degollar a ese niño?" o "¿Acaso no es maravillosa tu mujer?". La respuesta sólo puede ser una (no en ambos casos), asi que no hay peligro de que no entiendas lo que te quieran decir.
3- Si no has entendido para nada una alocución larga y personal, cambia sutilmente de tema hacia aspectos que puedas "controlar"
4- Y, finalmente, esfuérzate en cazar alguna palabra... aunque sea sólo una, a la que agarrarte. Si no para entender lo que te dicen, al menos para poder aplicar el punto 1 (hablar largo y tendido sobre ello) o el 2 (preguntar acerca de esto de un modo aclaratorio para ti, pero que no evidencie tu ineptitud y te haga ser descatalogado como interlocutor)
En Houston (sí, no es el primer sitio de habla inglesa en el que vivo; ni el segundo... aún así la dureza de mi oído persiste) me tragué una versión diferente de Pulp Fiction. En ella habían eliminado las escenas gravemente violentas (imaginen el resultado) pero, a cambio, había trozos adicionales de metraje que habían sido incomprensiblemente recortados en España. Entre ellos hay una conversación entre Mia y Vincent justo antes de su "cita" en que ella le preguntaba: ¿Eres de los que escucha o de los que está esperando su turno para hablar?
Pues, por lo que se ve y en este contexto, de los segundos.
Sin embargo esta estrategia para mantener una conversación moderadamente interesante me hizo pensar dos cosas: ¿No hago esto mismo incluso cuando hablo en castellano? y ¿todos atenderán tan poco a lo que yo digo como yo a lo que ellos dicen?
Respecto a lo segundo, puede que sí. Pero, la verdad, la supervivencia de este blog porque alguna de ustedes entra de vez en cuando a leerme (no va por tí, mamá) me hace creer que, quizá, a veces digo cosas hasta interesantes que decir. Esto es, algo más me atienden de lo que suelo atender yo (no les quitaré esa idea, pero quizá deberían hacérselo mirar).
Respecto a lo primero, me temo que un poco sí. Por eso una vez alguien me dijo que era mucho más interesante cualquier perro, gato, flor o niño que nos encontrábamos en el parque que su conversación (que la policía no es tonta). Pero no se escandalicen: ustedes también lo hacen. ¿No? Pues sus novios sí, lo juro. Es muy notorio en esas conversaciones que duran horas en que él sólo dice "Sí cariño", "sí", "no te preocupes", "claro" y "vaya putada". Son palabras con las que se tiende un hilo entre monólogo y monólogo y que sirven para ser considerado "un tipo que escucha bien". Aún así a veces le sorprenden a uno con un “¿no crees?” y hay que revisar los archivos recientes buscando una palabra clave que le ayude a salvar el culo.
Lo que me lleva a recaer en un dilema personal que me consume hace tiempo. Y es que si lo importante en la comunicación es que la información que contiene el mensaje emitido sea comprendida por la otra persona, ¿hasta donde llega la responsabilidad del emisor del mensaje en esta tarea? Es decir, si yo te digo "riega las plantas" y tu no las riegas y cuando vuelvo a casa mi jardín parece un herbolario... La culpa es tuya, clarísimamente. Pero si lo que te digo es "ya no te quiero tanto como antes" y tu no pareces darte por aludida, ¿Que se supone que debo hacer? ¿Insistir en el mensaje? ¿Dejarlo estar? ¿Hacerte responsable? ¿Hacerme responsable?
Yo aún te quiero, así que me importa que el mensaje llegue, no tanto sentir mi consciencia tranquila porque "ya te he avisado". Ahora que ya lo he dicho, ¿te puedo mandar a tomar por culo sin más? Seguro que dirán que sí. Ahora piensen que esa persona es sorda, idiota o pakistaní (el mensaje está en castellano). ¿Puedo entonces mandarle ya a la mierda? Pues supongo que dirán que no es lo apropiado, porque está clarísimo que para esa persona es imposible haber entendido mi mensaje y, por tanto, tengo la certeza de que la comunicación no se ha producido.
¿Dónde, entonces, está el límite? ¿Cuándo puedo sentirme tranquilo respecto a mí responsabilidad sobre haber transmitido correctamente el contenido del mensaje?
¿¡¿¡Me están escuchando?!?!
3/6/08
Dolor de huevos.
Y yo allí, con el rabo entre las piernas.
Hola a todas:
El dolor de huevos es un atentado a la dignidad para algunos (desafortunados) hombres y un hecho difícil de creer para casi todas las mujeres. No hablo del que proviene de un buen balonazo, de una mala jugada del calzoncillo o del sillín de la bici. Hablo de ese que nos asalta en medio de una situación placentera. Ese en el que muchas chicas no quieren creer porque, me consta, alguna vez ha sido un instrumento de presión para llevárselas al catre o, como mal menor, para obligarlas a ejecutar una triste paja.
La cosa es que, aunque haya mucho desaprensivo por ahí instrumentalizando el sufrimiento, el dolor es real. Muy real y muy molesto. Sobre todo porque, al contrario de lo que podría parecer, aliviar la presión testicular eyaculando, dentro o fuera de otra persona, no arregla mucho... aún duele un rato.
Como biólogo, como científico y, sobre todo, como sufriente, muchas veces me he preguntado a cuento de qué duelen.
Puedo entender un poco ese dolor de huevos adolescente, ese que sobreviene tras una hora de baboso morreo. Ese es un "ya está bien de precalentamiento, saquemos de aquí a los muchachos". Una alerta roja, un ¡¡¡Esto va a explotar!!!. Incluso puedo entender que, aún expulsando el veneno, como la cosa está resentida siga doliendo. Por mucho que unos millones de esos que nos dolían ya no estén con nosotros (ya estén en el kleenex o dentro de alguien)
Lo que no puedo entender es que, en llevando mucho sin meterla en caliente y sin haber hecho excesivos alardes hasta la consecución del momento final, la cosa duela. Vamos, que tras ese deseado polvo que se ha hecho esperar (¿meses?, ¿años?), normalito, en que todo parecía ir bien, al final: ZAS, zarpazo.
No se alegren por mí, no me ha pasado recientemente. Es, como siempre, un amigo de un amigo el que lo vivió ayer (o anteayer). Pero eso me ha recordado tiempos más felices en que también a mí me dolían los huevos... Y en los que me preguntaba por ello.
Es más, les diré a todas ustedes que por este asunto (como futuro biólogo, científico y hombre) realicé sobre mí una serie de experimentos en los que (me) demostré que masturbándose, parece, es imposible que duelan. Y eso que fui capaz de someterme a varias frenadas in extremis y vueltas a arrancar... pero no hubo manera, no desperté el dolor. Así aprendí que: 1) sólo duelen cuando hay alguien más que vea la cara de "me duele pero tengo que parecer contento o ésta va a pensar que no me ha gustado" y 2) que parar motores es difícil, pero merece la pena.
¿Qué perverso mecanismo de nuestro organismo hace que se mezcle así un placer tan esperado y un dolor tan insufrible? ¿Por qué esta ahí? ¿Quién lo ha puesto?.
En un ser vivo cuando las cosas no sirven para nada la sabia combinación de falta de presión selectiva y las mutaciones aleatorias se lo va quitando de enmedio... es como el apéndice, las muelas del juicio o saber llegar a tiempo al médico: como no sufren presión a favor ni en contra, simplemente se van disolviendo por acumulación de errores no filtrados. Pero el dolor de huevos sigue ahí, pertinaz, generación tras generación. ¿Estará seleccionado a favor? ¿Será que hace que follemos más, aumentando el éxito reproductivo de alguno? ¿Estará ligado a alguna habilidad masculina que sí es importante/útil?
¿Por qué sigue ahí algo tan imbecil? ¿Alguien lo entiende?
Al menos me consuelo pensando que esto nos demuestra que el ser humano, como cualquier otra alimaña, no está "bien diseñado": Presenta multitud de cosas que podían funcionar mejor. Vamos, que si lo coge un ingeniero medianamente cualificado, uno de los que acabó la carrera en 7 u 8 años, lo apaña: la placenta no mezclaría tan estúpidamente las sangres de madre y feto, los pulmones no se quedaría a medio vaciar en la espiración y habría una manera de recuperar agua de la vejiga (¿no se sienten idiotas cuando tienen sed y ganas de mear a la vez?). Nosotros, como todo lo vivo, somos una obra chapucera, mal pensada, en que las cosas están así porque así son suficientemente eficaces, no hubo que depurarlo más. O, visto de otro modo, que aún estamos en el proceso de "corrección de errores" (ya lo pagaran nuestros descendientes).
¿No soy repugnantemente biólogo cuando me pongo a lamentarme del dolor de huevos y acabo haciendo proselitismo anti "diseño inteligente"?
Por si acaso estoy equivocado, dejo un comentario/pregunta/solicitud. Por si entra al blog algún dios (uno de verdad, no al dios de internet que se la trae y se la lleva a voluntad): ¿Tanto te/os costaba haber eliminado el puñetero dolor de huevos? Y, ya de paso, ¿Para qué sirve? ¿Está ahí por lo de los caminos inescrutables? Y ahora la petición: por favor, dios lector, mire a ver si puede eliminar el puñetero dolor (pero sin jueguecitos: que lo borre sólo si no se lleva a la vez alguna de las otras interesantes sensaciones que ese área del cuerpo nos depara... a veces).
Y, ya de paso, que me dé la oportunidad de probar si ha obrado el milagro.
26/5/08
Lokuras.
En los carteles van los importantes, este carro sólo es de comediantes.
Hola a todas:
Este post iba a ir de los mensajes sensatos en la boca de quien no lo esperaríamos. De las reflexiones profundas hechas por locos, imbéciles o ignorantes. De la sabiduría de los tontos. Y de que, quizá, eso es posible porque "del rollo de vivir" no saben más los doctos que los palurdos.
Pero en el transcurso de la redacción del texto (que a mí me suele tomar bastante tiempo porque corrijo y recorrijo), mientras pensaba en una meditación que lo ilustrase, me han asaltado de mala manera ciertos recuerdos. De esos llenos de melancolía y de "con lo que fuimos". Y me ha parecido que nada de lo que yo pudiera decir en favor de las corduras de los locos sería más esclarecedor que la declaración de uno de ellos, que en el pasado suscribí al 100%.
Seguro que ya han notado que, aunque este no es un blog musical sensu estricto, sí que tengo afición a la música. Hoy voy a ilustrarles la locura lúcida con un trozo de canción. Es una canción que un amigo y yo cantamos muchas veces, muchos ratos, a lo largo de dos semanas que pasamos en Nueva York en un congreso allá por el 2002. La usábamos siempre que nos encontrábamos con alguien obsesionado con el trabajo, con sus éxitos (científicos, se entiende) y que se tomaba demasiado en serio la vida. En fin, lo digo con cierta tristeza que seguro que no se lee, porque los años nos han llevado a ambos por diferentes sitios. Y aunque yo creo que aún me atrevería a entonar la canción, creo que él no está en posición de hacer lo mismo.
He corregido la ortografía original, plagada de kas, y el formato. Porque siendo menos "anarkopoesía" su lucidez resulta algo más impactante. Ahí va:
Se pasan el día hablando de la jornada de trabajo: a ver quién hizo más horas extras, a ver quién sacó más pesetas. Para pagar esas deudas, de la cocina y la nevera, garaje y televisor, el piso y la calefacción. ¡Y a mí me llaman extraño porque me tomo vacaciones casi todos los días del año! ¡Que les den por el culo! (yo me como otro pirulo).
No creo que Manolo Kabezabolo pase a la historia como un pensador mediano. Ni siquiera como un músico mediano. Ni siquiera como un músico. Sin embargo, como decía, a lo mejor merece la pena escucharle un rato. Un poquitín. Aunque luego se le llame anarquista infantiloide, hedonista irresponsable, despojo social, chupóptero, o lo que se quiera. Y se le ponga a parir mientras uno cierra caja, consulta el precio de sus acciones en internet o se asegura de que el despertador, efectivamente, sigue estando programado para sonar a las 6:13.
¡Qué bien nos saben esos 3 minutos de sueño que se le roban al día!
Y eso seguro que no lo sabe Manolo. Ni se lo imagina.
25/5/08
No aprendo de los piratas.
Qué dolor sucio y traidor.
Hola a todas:
Hoy quiero hablar de la traición. Desde luego con una óptica miope, simplificadora y ridícula. Como siempre.
¿Qué entiendo yo por “traicionar”? Traicionar a alguien es hacer algo, o dejar de hacer algo, contrario a lo que esa persona espera de nosotros, ya sea por contradecir un acuerdo explícito, implícito o por contravenir nuestro modo habitual de comportarnos. Esto puede ir desde no llevar cerveza a su fiesta hasta votar en su contra en el Consejo de Administración. Por tanto, aún falta algo más para cerrar la “definición”. Y es que ese “comportamiento no esperado” tiene que ser percibido como perjudicial por el traicionado. Esas consecuencias negativas pueden ser, por tanto, completamente subjetivas. Por ejemplo, que te pongan los cuernos en sí mismo apenas causa un perjuicio evidente al cornudo, pero subjetivamente se suele sentir como un dolor grave, asociándolos a “falta de amor”, “falta de respeto”, etc. La traición se puede dar en toda clase de vínculo, pudiendo traicionarnos (o ser traicionados) desde nuestro compañero de mus hasta nuestra hermana.
El traidor se es más fiel a si mismo que a otros. Y eso, la verdad, nos pasa a casi todos en un momento u otro. Diría que es muy humano, pero es que no es sólo humano. El sentido de un/todo ser vivo es garantizar su existencia en vez de lo contrario. A eso se ha dedicado casi toda su existencia, y la de su antepasado, y la del anterior... haciendo toda clase de cosas para seguir vivos y reproducirse. Y eso incluye ser leal, si es conveniente, o ser desleal, si eso nos es más favorable (no perder de vista los objetivos...).
A los puristas les reconoceré que esto es una simplificación. Seré más “exacto”: los organismos vivos desarrollan estrategias que tienden a maximizar la existencia y subsistencia de ellos mismos y sus parientes (digamos, dicen, "de sus genes"). La vida, los seres vivos, son así. Van "a lo suyo" y a "lo de los suyos". Así que, digo esto sin asombro ninguno, la traición es muy natural y no serlo va, cuando respetar nuestras lealtades nos es desfavorable, contra natura. Lo cual, a mi entender, no la justifica.
Es natural, por tanto, que los seres humanos traicionemos. Y estas traiciones, normalmente, las motivamos. Si los motivos importan, yo no lo se. No se si es lo mismo denunciar a un amigo que ha matado a alguien porque se cree en la ley a lo Kant, porque se tiene miedo a ser acusado de encubridor, porque se tiene miedo de ese amigo ahora criminal, por la recompensa que se ofrece, o por otra mil posibles razones. El caso es que ese amigo, que confiaba en ti, está enchironado.
Lo que sí se es que parece ser que la traición está en la forma de ser, es connatural a algunas personas. Parece ser que el que traiciona, tiende a hacerlo una y otra vez. Al menos en experimentos de laboratorio, donde el “traidor constitutivo” traicionan en juegos de muy diferente naturaleza, y traiciona a conocidos y desconocidos. Esa "tendencia a la traición" podría indicar que no importan las razones, que uno siempre puede encontrar motivos que hagan parecer justificable la traición.
Tengan (como siempre) en cuenta que estos experimentos son en laboratorio, no "situaciones reales": ya saben de lo que hablamos, los peligros de generalizar, lo artificioso de las pruebas en laboratorio y etcétera... Si una bacteria que en laboratorio se come el plástico en el campo sólo sabe comer azucarillos, imagínense lo distinto que podemos comportarnos las personas.
Así que opto por mirar alrededor, a ver si es cierto que el traidor es reincidente. Pero como la traición es una cosa que suele quedar oculta, quizá sólo nos queda para evaluarlo mirarnos a nosotros mismos (aquí un profundo ejercicio autoexploratorio…. ¿han acabado?). Como a mí mirarme el ombligo (o que se lo miren ustedes) no me sirve para seguir con el argumento, pasaremos en los traidores públicos. Hay miles de ejemplos, pero a mí me apetece resumirles la vida y andanzas de Joseph Fouché, un caso histórico paradigma del que sabe cambiar de chaqueta una y otra vez. Nació, como todo gran político, en el seno (esto me encanta) de una humilde familia marinera y llegó a la política previo paso por un seminario (donde, suponemos, se le instruyó en las artes que tan buen nombre le dieron). Como político supo sobrevivir a una época en que lo común es que a los gobernantes, antes o después, se les cortase la cabeza. Su carrera comenzó con la revolución francesa, su pasaporte para acceder a la Asamblea Nacional. Allí en un primer momento se adhirió al partido girondino (monárquico moderado), que era mayoría. Pero según el partido pierde poder se fue pasando, silencioso, al lado radical (los jacobinos). Tan notorio fue el cambio que promovió la decapitación de Luis XVI. Como parecía un buen tipo, los jacobinos le enviaron a provincias, distinguiéndose por su “eficaz” campaña antireligiosa (de seminarista a matacristianos). A su vuelta a París ha de enfrentarse a Robespierre, el líder de los jacobinos, que desconfía (supongo que con razón) de él. Y aunque Robespiere en esos años había logrado decapitar a muchos de sus adversarios (antes aliados), Fouché salio airoso y fue su “jefe”, tras un golpe de estado, el que acabo sin cabeza. Por su celo asesino en la etapa jacobina nuestro protagonista lo tenía difícil para salvar el pescuezo. Pero empleando toda su habilidad política no sólo fue amnistiado, sino que se le nombra ministro de la Policía. Desde este puesto controlaba una amplia red de espías que, en su momento, no dudó en poner al servicio de otro golpe de estado, el que entregó el poder a Napoleón (del gobierno del pueblo a respaldar a un emperador). Por los servicios prestados siguió siendo Ministro. Pero Bonaparte, tras saberle envuelto en diversos intentos conspirativos, lo castiga mandándole a gobernar Croacia. Como el hombre no debía estar contento con el destino, se puso de nuevo a conspirar, esta vez para que volvieran los Borbones. Lo que no quitó para ser nombrado de nuevo Ministro en el breve retorno de Napoleón. Tras la derrota definitiva de Waterloo se pasó a la restauración monárquica, ofreciendo el trono a Luis XVIII. Lo que es muy gracioso, si tenemos en cuenta que Fouché fue uno de los partidarios de la ejecución de su hermano Luis XVI.
En resumen: empezó masacrando a sueldo de la Revolución, traicionó a Robespierre, sirvió bajo Napoleón y, cuando éste perdió el poder, se pasó al bando monárquico.
Históricamente también se nos dan soluciones a la traición. Aplicando el lema "Roma no paga traidores”: en vez de los denarios prometidos te regalo esta puñaladita. O como al parecer hacían los piratas: una vez que un traidor de un barco adversario nos ayuda a "tomar" ese barco, la primera acción que lleva a cabo el nuevo capitán es pasar a cuchillo (con escarnio público, por cierto: el que avisa…) a los traidores que le acaban de ayudar. Porque el que es capaz de traicionar, el que se deja comprar, lo puede volver a hacer. Y más vale ser cruelmente cauto que lealmente traicionado.
Por lo que se ve, ni Marco Pompilio Lenas ni los piratas creían que las razones tuvieran importancia.
Yo, que sólo pirateo CDs y no hablo latín ni en la intimidad, sí creo que las razones importan. Que sí tiene interés saber por qué la gente dice que hace esas cosas (eso sí, sin perder de vista que la gente miente, incluso a si misma). Eso no quita para tener presente los experimentos que dicen que la traición está en la "forma de ser" de algunos. Que ese amigo que ante usted pone a parir a otros amigos, probablemente haga lo mismo con usted cuando no esté presente. O esa compañera de despacho que airea las intimidades de otras compañeras, hará lo mismo con las suyas (si las llega a conocer).
Por eso la próxima vez que alguien les cuente un secreto de otro, o ponga los cuernos a su novia con usted o trate de engañar al dividir el precio de la cena, pregúntenle por qué. Y apunten que es capaz de hacerlo en una agendilla. No les va a ayudar a evitar la traición. Pero siempre es mejor saber.
Creo.
11/5/08
Mi sociedad gastronómica.
Sopas de sobre, ¡no!
Hola a todas:
Mi primera foto en este blog (salvo el cuadro de ahí al lado).
Eso que han visto es un cocido madrileño (sin morcilla). No tendría mayor interés excepto por el detalle de que está realizado íntegramente en Edimburgo, una ciudad en la que no es fácil encontrar todos los ingredientes. Lo cual demuestra que soy un excelente proveedor de alimentos sanos y equilibrados. Y que sé de tareas domésticas. Y, por tanto, que soy un gran partido.
Mientras alguna de ustedes se decide a compartir mi mesa y mantel (pa empezar), en esta casa damos de comer a exiliados, españoles y extranjeros, los domingos. Grandes joyas gastronómicas peninsulares de ayer, hoy y siempre: macarrones al horno, unas judiitas blancas o el fotogénico cocido.
Cuando éramos más jóvenes ya hacía yo, en sano complot con mi compañero de piso, comidas domingueras. En las que invitábamos a viejos amigos, a nuevos amigos y a chicas que yo me quería ligar. Y a su novia.
Me encanta cocinar. Me encanta compartir lo que cocino. Y me encanta conversar mientras comparto primero, segundo, postre, café, copa y puro. Es la única manera que me parece eficaz para fomentar que las personas se desnuden, se dejen conocer. Para profundizar en los siempre y asomarme a los nuevos. Ya me dijo alguien que comer es el método que yo empleo para encontrar a los demás interesantes. Y para darle pinceladas de rosa a la vida. Yo más bien creo que no está en mis ojos, sino que es cierto que la gente se abre más delante de un guiso humeante. Porque disfrutar de una comida casera (no de diseño) en una casa (no en un restaurante cool) es una situación muy íntima, en que las personas se encuentran cómodas, arropadas, domésticas. Y que por eso son más ellos, se dejan las caretas, el maquillaje y el vestido de faralaes debajo de la servilleta y se disponen a mancharse los carrillos con salsa de tomate y a que se les vean los alambres. Sin miedo ni vergüenza ni pudor.
Pero sea mi vista, o sea que de verdad comiendo la gente se "suelta", el caso es que el protocolo de traer invitados los domingos es una de mis actividades favoritas. Antes lo hacía mucho. Pero en los últimos años la cosa ha decaído, quizá por falta del público adecuado, quizá por el declive publicitario que padece la dieta tradicional/mediterránea... quién sabe. El caso es que he ido a caer en un sitio donde, sin quererlo, he resucitado una de mis más amadas tradiciones. A ver qué preparo este domingo. A ver qué me cuentan. A ver qué les cuento.
2/5/08
Odio de clase.
Yo como firmé un contrato no puedo parar.
Hola a todas:
Más efemérides (y van tres seguidas).
Tal día como hoy (más o menos):
a) Un montón de valientes descerebrados en Madrid, en Móstoles y en Bailén decidieron partirse la cara contra el opresor francés y contra el no tan francés. Les dieron bien, antes de echar a los gabachos y también después.
b) Un montón de estudiantes se levantaron en Paris contra nada o casi nada... arrastrando a los sindicatos y forzando unas elecciones. También les dieron, pero solo palos. Más divertido fue para los que se levantaron en Praga...
c) Los sindicalistas de los que hablábamos ayer… por las calles de Chicago (¡que yo tanto conozco!).
En fin, la primavera, que debe ser que sí que altera: ¡Qué bonito está Tian'anmen en junio! ¡Y Ciudad del Cabo en octubre!
¿se ha analizado (seriamente) si hay más revueltas en primavera? Diría yo que sí. Será porque hace buen tiempo y apetece reunirse… y de ahí a enfadarse median dos cervezas. O que al comparar como florecen las flores y los patos con nuestra vida uno se solivianta.
Observación no muy perspicaz: las revoluciones sociales siempre las llevan a cabo gentes oprimidas que se revelan. Supongo que porque el que menos tiene, menos arriesga y más necesita. Y me parece que, en general, ganan bien poco, ni ellos (que normalmente mueren o casi mejor que hubieran muerto) ni los suyos. Sin llegar a ver realizado su ideal, o, peor, para ver como el ideal se deforma para convertirse en otra forma de opresión, mejor camuflada. No quiero decir que los de arriba se mantengan pese a las revueltas. Esos pagan el pato, pero llegan otros. ¿Será que el destino de las sociedades es que siempre haya alguien arriba y alguien abajo?; ¿“Todo tiene que cambiar para que todo siga siendo lo mismo”?
Sea en balde o no, casi siempre pringan los mismos. No es que en las revueltas no haya gente “bien”, o que ellos no palmen… Pero menos, sea porque ellos se levantan contra sus padres, o porque “los feos somos más”, el caso es que siempre hay más victimas entre la clase trabajadora/baja.
Y cuando pienso en esto me hierve la sangre. Y es a esto a lo que llamo “odio de clase”.
Se que es gratuito, completamente. Me siento oprimido, siento que alguien me roba la felicidad y la libertad y se beneficia de ella… y no tengo derecho (léase “la libertad os hará… ¿libres?” en caso de duda). Levantarme ¿contra qué?, ¿Contra despertarme a las 9, salir de copas los jueves y acumular 200 DVDs en casa?
Es 100% calentura y boquilla, es ira gratuita por creer que algunos viven mejor a costa de otros (que yo considero “los míos”). Ira gratuita por creer que algunos lo han tenido más fácil. O envidia gratuita, yo que se.
Ya ven que en cuanto me pongo a profundizar me desinflo, me siento ilegítimo (porque lo soy), un sublevado impostor.
Y, aún así, con la razón en su contra, el rencor no desparece, sigue ahí, con su pátina de envidia. Rencor contra la alumna que un día me dijo "eres majo para ser de barrio". O contra el colega que fue a las manifestaciones del 0,7% en su mini. O al que habla de la revolución social y luego tiene clase en el club de tenis. ¿Por qué? Bien mirado no tengo nada que envidiarles, no lo he pasado peor...yo también disfruté y supe explotar bastantes privilegios... ¿Y entonces? ¿Por qué?
Pues, como decía mi padre y a veces el maestro Sabina, nos sobran los motivos.
Todas las estructuras sociales animales, si me permiten la generalización, presentan jerarquías. Estar sometido a una jerarquía genera estrés en los individuos, incomodidades. Desde el macho morsa dominante que persigue y pelea con todos los que quieren “saltarse” la jerarquía y fecundar a sus hembras hasta el pobre lemur de cola anillada al que se le agrede gratuitamente simplemente por su bajo estatus. En general estar sometido a estrés causa estragos en el organismo, porque los mecanismos fisiológicos enfocados a mitigar el estrés (la subida de la presión arterial, la interrupción de la digestión…) resultan perjudiciales si se mantienen activos demasiado tiempo. Es más, puede llegar a causar modificaciones permanentes en el organismo permanecen activos un periodo muy prolongado. Efectos como la práctica desaparición de los testículos, el retraso indefinido de la madurez sexual, hipertensión basal, cambios neuronales permanentes afectando a la habituación y el aprendizaje, mayor nivel basal de glucocorticoides, mayor tono cerebral de las benzodiazepinas naturales…
Seguro que se han dado cuenta de que los humanos estamos sometidos a una jerarquía. Y también que la situación que uno ocupa en ella estresa. Con la diferencia que ante la señal “dios, ahí viene el macho alfa y parece cabreado, a ver como capeamos el temporal” los mecanismos para superar el estrés (esconderse o humillarse) funcionan. Sin embargo si lo que se avecina es el ataque inminente de los números rojos, el pago de la hipoteca o el no encontrar trabajo, salir corriendo funciona regular.
¿Saben que entre los seres humanos las clases menos favorecidas gozamos de índices de salud considerablemente menores? Y no hablo en Lagos o en Chiapas… hablo de las sociedades humanas occidentales, las “avanzadas”. Nuestra esperanza de vida es algo menor, nuestros bebes pesan menos, estamos más expuestos a enfermedades de todo tipo (cardiacas, reumatoides, psiquiatritas…). En principio se puede intentar achacar a que el acceso a la sanidad o a la alimentación de calidad es menor. Y, sin embargo, ambos factores se controlan en estos estudios. Otra opción, muy del gusto de alguno, es que las clases menos favorecidas somos “peores” genéticamente… Pues no, esa posibilidad también ha sido descartada.
¿Qué explicación cabe entonces? Pues que ante las diferentes situaciones a los que nos enfrentamos en nuestra sociedad, son las clases desfavorecidas las que sufren más estrés social, más “hondas” preocupaciones: la hipoteca, el perder el trabajo, el cuidado de los críos…. En fin, casi todas solucionables con dinero, pero algunas también vinculadas al estatus.
Y tanto estrés sostenido tanto tiempo en un primer paso logra alterar nuestro modo de pensar, siempre un poco preocupados, siempre un poco más cautos, siempre más proclives a que salten los mecanismos de respuesta al estrés (psicológico). Y en un segundo nivel no sólo afecta a nuestra idiosincrasia, sino también a la forma en que nuestro cerebro funciona, a como procesa las señales que vienen del mundo. Y, por si les parecía poco, se tarda varias generaciones en que estos cambios en la fisiología y la microanatomía desaparezcan, porque un padre estresado educa a su hijo a ser estresado. Seguro que ahora entienden las diferencias de actitud entre nuevos ricos y pijos “de toda vida”.
Ya ven, el bajo estatus social deja huellas imborrables en nuestro organismo. En la glándula suprarrenal, el corazón o el cerebro. Y no por lo mal que comemos o los poco que nos duchamos… por el estrés que sentimos. Uno es “obrero” por dentro, por bien que le haya ido en la vida, de ingeniero, con la Primitiva o con el pelotazo inmobiliario.
Así que ya están avisadas… conmigo podrían disfrutar de los placeres que brinda el discreto encanto de la clase trabajadora: las sublevaciones íntimas en primavera, la búsqueda de las ofertas más baratas en vuelos y yogures y el compadreo ridículo con los albañiles en el bar.
Tengo hasta un mono azul con mugre, por si les interesa la de “Soy el fontanero, que venía a revisarle las cañerías”.
1/5/08
Otra fiesta pagana.
En la hoguera hay de beber.
Hola a todas:
Por el título podría parecer que el post va del primero de mayo, esa fecha que celebramos desde la mitad del XIX, recordando que en Chicago unos sindicalistas sociatas (sí, socialismo en Estados Unidos; sí, sindicalistas en Estados Unidos... ¿Qué se creen?) pelearon (y murieron) por la jornada laboral de ocho horas.
Pues no.
Es porque anoche estuvimos celebrando paganamente la venida de la primavera en lo alto de un monte.
¿Cómo celebramos? Pues como siempre lo hace el paganismo. Aquí, en el parque del Oeste y en las aldeas maories. Todo consiste en reunir mucha gente, flirtear y mamarse como escoceses.
Primero, un resumen. Como todas las venidas de la primavera, ésta también se representa como la batalla entre lo carnal y un equipillo vestido de blanco capitaneado por una vestal semigriega (inmaculada, con toquilla y paso altanero de jaca andaluza). Un ejército, el blanco, se pasea por la colina en procesión, con tambores y antorchas pero sin capirotes. Luego está el ejército rojo, más caótico, más violento, más desnudo. Los rojos atacan repetidamente a la hueste blanca, hasta que a la tercera va la vencida (lo que estoy contando no es una performance modernilla revisando el levantamiento bolchevique, no se dejen confundir por la fecha).
Un rollo muy druídico, casi animal, a la luz de las antorchas y las hogueras, pero no de las estrellas (porque llovía). Con tambores y sin gaitas (eso no me lo esperaba en una fiesta escocesa).
Vamos, que "las autoridades paganas" ponen a un montón de amateurs semidesnudos y folclóricos pintados de colores bajo la lluvia, de noche y en lo alto de un monte, no siendo Benalmádena en agosto sino Escocia en abril. Los más pudorosos fichan por el ejército blanco. Las más osadas (y los más osados) se pintarrajean de rojo, algunos se ponen cuernos, otros una capa negra. Una horda de Darth Mauls, hasta que se quitan las capas (luego sólo cuentan con el tanga). A todos les das antorchas y tambores y ya tienes una escena digna del Señor de los Anillos (la película).
Los blancos empiezan desfilando, como los Uruk-hai saliendo de Isengard. Y mientas el invierno se pasea, los del verano se calientan la sangre de cara a la batalla y la hipotermia. Una cincuentena de estupendas veinteañeras, carne 100% escocesa, revolcándose unas contra otras y sacándose la lengua, con el tetamen al aire en lo alto de la puta colina (ellos también marranean, claro, pero tienen menos interés). Luego los rojos hostigan al invierno, provocándolo (con las herramientas ya mencionadas). Y no se más, porque en ese momento decidimos que llovía demasiado para nosotros. No se cómo acabó la cosa, pero deduzco que venció el verano, porque ha amanecido soleado.
Resumen: la fiesta pagana consistio en echar al invierno mediante jóvenes que se contonean en pelotas de noche. A eso lo ponen cerveza... y sube la temperatura, lo juro.
Una vez expuesta esta bonita tradición autóctona, centrémoslos en el público que vino a celebrar. Como era un rollo "en un prao" y "tradición local" acuden sobre todo mochileros, hierbas diversos, porreros urbanos con rastas y chicas liberadas... ya se imaginan. Y algún autentico homeless que ha tenido el valor de llevar su jipismo hasta las últimas consecuencias (esa marginación social llena de tatuajes, con su patina de autenticidad; no envidiable, sí sorprendente). Y muchos, pero muchos, españoles. Cortado por ese patrón de "alumno estándar de biológicas" o "alumno estándar de filosofía y letras": mis padres son dos grandes profesionales liberales que me dan el dinero que necesito, la libertad de ponerme pendientes hasta en los ojos, por mi 18 cumpleaños me tocó un coche y paso tres meses cada verano en Cádiz...
La españolidad del evento me regaló los oídos, según huíamos del diluvio, con este comentario: “es imposible que esto sea de antes de los romanos… si antes de los romanos aquí no había gente… además como iban a calcular donde empezaba el verano si no tenían números… no ves que hasta aquí nunca llegaron los árabes”.
Vaya joya.
Lo primero, resaltar lo importante que es, antes de abrir la boca, tener claro lo que uno sabe y lo que uno no sabe. O, dicho de otro modo, con que fiabilidad se adecuan nuestros prejuicios/conocimientos a la realidad.
Además, 1) yo también dudo que la fiesta sea prerromana, al menos en su configuración actual, pero seguramente si celebran desde siempre la llegada del buen tiempo. 2) A los romanos se les dio regular vivir en Escocia pero, independientemente de eso, ellos no fundaron cada ciudad de Europa. 3) Los números existían antes que los árabes y 4) la gente era capaz de contar las estaciones (yo creo que Aristóteles sabia… puede que incluso Tales supiese) antes que los romanos, los árabes y seguramente antes del Homo sapiens.
Esto sólo es capaz de decirlo, mezcla de ignorancia y orgullo, la misma clase de gente que no concibe que existieran sindicatos socialistas en los Estados Unidos. Ni de que fuese allí donde comenzaron a pelear por reducir la jornada laboral de 16 a 8 horas. Y lo peor no es que lo ignoren, eso nos ocurre a todos con prácticamente casi todo. Es que se atreven a defender su ignorancia con “es imposible que…” y “no me creo que…”.
¿Cómo van a ser los americanos más progres que los europeos? ¿Cómo puede alguien saber contar antes de que los romanos, padrs de nuestra superior cultura, les enseñasen a hablar? ¿Cómo puedes llamarme ignorante, si soy el culmen de la civilización occidental? Yo se todo lo que hay que saber, y lo que no se no es cierto…
Porque, ¿qué han hecho los americanos por nosotros? Aparte de los acueductos, las calzadas, el derecho, la moneda y el latín… Pues lo mismo que los paganos…. estorbar.
Y, para terminar, no olvidemos lo importante: ¿No es realmente hermoso el cuerpo de una mujer a la luz del fuego? Y con el encanto extra de no estar haciéndolo a cambio de dinero.
¿Dónde más podría contemplar tal espectáculo?
¿Saben que en mi casa hay chimenea?
20/4/08
Veinte de abril del noventa.
Hola chata: ¿Cómo estás?
Hola a todas:
Desde que nació este blog supe que hoy colgaría una entrada. Hoy y el siete de septiembre. Es tan obligatorio como llamar al 3692230.
Y como en esa mierda de canción, vamos a hablar un poco del pasado. En concreto, del 20 de abril del 90.
Pero, antes de nada, una felicitación. Si alguna de ustedes vino al mundo tal día como hoy en 1990, enhorabuena. Hoy pasa a ser considerada legalmente adulta. Aprovecho y le/me informo de que yo, esta vez sí, podría ser su padre. Literalmente Lo cual es bastante deprimente, creo.
Bueno, a lo que iba: ¿Dónde estabas tú en el 90? En concreto, el veinte de abril…. No se acuerdan. Lo entiendo, no es nada fácil.
Sin embargo, yo lo se. ¿Por qué? Porque era un niño, no tan niño, bastante gilipuertas/empollón. Que cuando se cayó el muro (el de Berlín), aparte de guardar recortes de El Sol y El Mundo sobre tal evento, se creyó a pies juntillas que el mundo (el planeta, no el periódico) iba a transformarse radicalmente. Luego, claro, no fue para tanto. Por eso empecé un cuaderno en el que anotaba al principio como cambiaba el mundo, luego como cambiaba mi vida y al final absolutas idioteces. No es un diario, porque no hacía meditaciones ni filosofías... sólo escuetas anotaciones, datos (por pereza, como no).
Por eso puedo saber, a día de hoy, con bastante exactitud, cuantos viernes pasé en el BK en el segundo semestre de octavo. Y las notas que saqué en los exámenes. Y la comida del día de mi cumpleaños (espárragos y rollo de carne picada). Y de casi todos los demás días (por eso se que mi gordura no se debe a una dieta desequilibrada, sino a excesos cometidos contra una bastante equilibrada).
¿Qué hice el 20 de abril? Pues les cuento lo que está reseñado:
Primero, dos pajas.
Segundo, tuvimos gimnasia de tres a cuatro.
Tercero, era viernes... e íbamos a jugar una partidilla de rol en casa (sí, terriblemente terrible).
Cuarto, estaba peleado con el tipo que ahora me hospeda, por disputas sobre un trabajo que teníamos que entregar en sociales (al final yo hice un trabajo sobre la guerra civil y él sobre la mundial, o al revés). No recojo los motivos exactos.
Cinco, el día anterior, según salimos de judo, confesé al más rubio de mis mejores amigos que estaba enamorado de una (moza) de mi pueblo, con la que había hecho por coincidir durante la recién concluida semana santa (que fue como las anteriores, de bici, torrijas y recogida de cardillos con un suplemento de dos procesiones, pa pegar hilo con tal moza). Estaba enamorado de ella desde hacía varios veranos, y varios más me duró la tontuna. Recuerdo muy bien, en este sentido, el anterior (el del 89), con su “Gimme hope Jo’anna”, su “culpa fue del chachachá”, su “a bailar, a bailar” y sus conatos de frotarse en la lambada... el despertar de la carne.
Desde luego, una vida interesantísima la de los trece años.
En fin, el idiota del Cifuentes echaba de menos el pasado en la canción. No sólo él, todos de cuando en cuando echamos de menos el pasado. Ustedes, yo, mi pescadera... porque la memoria lo maquilla en dulce. Y ahora viene lo de los experimentos: siempre me han fascinado los trabajos sobre la memoria en la que uno no recuerda, p ej, aquel año de balance económico funesto... O aquellos en que le dan un ligero shock eléctrico a una rata en el momento de “recordar” una tarea muy asentada y la pobre la olvida (se acabó la comida al bajar la palanquita). La memoria se modifica cada vez que la usamos... pero eso para otra vez. Ahora vamos con lo de echar de menos el pasado.
La nostalgia está bien, pero con cautela (lo dice uno que subtitula con canciones de antesdeayer).
Porque respecto al como miran al pasado podemos distinguir dos clases de personas. La gente que cree que lo mejor de su vida ya ha pasado y la que aún cree en el futuro y piensa que lo bueno está por venir. Esta sensación, me parece, cambia a las personas. Implica una serie de comportamientos y actitudes que afectan más que ninguna otra creencia a cómo vivimos. Desde luego uno tiende a pasar del segundo al primer grupo según envejece... es muy fácil que la vida te depare aún grandes cosas cuando tienes trece. Y, sobre todo, es muy fácil que te lo creas.
A mi me parece que lo mejor sería no dejar de ser de los que miran al mañana creyendo que nos depara algo maravilloso. Y no hablo del piterpanismo, eh, no me refiero a seguir viviendo como si el tiempo se hubiese detenido. A lo que me refiero es a dejar que la vida continúe, con sus hipotecas, su curro rutinario y su polvo bisemanal. Pero dando una oportunidad a mañana de ser mejor: ¡No se vayan todavía, que aún hay más!
La vida no lo pone fácil. Pero yo intento esforzarme en no mirar atrás con demasiada añoranza, porque hacerlo es empezar a rellenar la solicitud del geriátrico. Así que mi recomendación hoy es que no se caigan en el "cualquier tiempo pasado fue mejor". Que esos son muy coñazo en las conversaciones.
Aprovecho, además, para pedir que olviden esa canción. O al menos, no la tarareen. Sustitúyanla por “Sólo se vive una vez”, otro gran éxito de aquella época.
O, mejor, por “Los amigos de mis amigas son mis amigos” (vaya lío, sí).
18/4/08
Casarse en el XIX.
Me he comprado un piso, un coche japonés… y aunque tengo todo no me siento bien.
Hola a todas:
La universidad de Cambridge ha tenido a bien publicar muchos de los documentos que dejó Charles Darwin en su página web. Hay, claro, cosas interesantes (nada revelador, más bien curiosidades a estas alturas) en las que indagar. Pero ha llamado mucho la atención un listado de los pros y los contras sobre el matrimonio que Darwin redactó con 28 años, recién vuelto de un viajecito a Sudamérica. Parece una de esas listas de “qué hacer antes de los 30”. Tan naive y tan simple como la que podía haber redactado yo. O alguna de ustedes. Eso sí, al final el hombre se casó y trajo un buen puñado de hijos al mundo (bueno, su mujer/prima hizo casi todo)
Entre los pros están las siguientes poderosas razones:
- se pierde la libertad para ir donde a uno le plazca (p.ej. a las islas Galápagos)
- también se pierde uno grandes conversaciones con hombres brillantes en los clubs
- hay que visitar a parientes (de ella, se entiende)
- los gastos y los problemas que provocan los niños
- hay discusiones, muchas veces por fruslerías
- se pierde mucho tiempo
- uno no puede uno leer por las noches (bueno, esto es una pega según el por qué)
- se engorda (sin casarse también, me temo)
- genera ansiedad y responsabilidades
- se tiene menos dinero para comprar libros
Y a favor del matrimonio, tenemos lo siguiente:
- tener niños (que salen caros, sí, pero son divertidos)
- la compañía constante, sobre todo cuando uno llega a viejo
- tener un ser amado con el que uno puede jugar (mucho mejor que un perro, y esto lo dijo él)
Resumiendo: en lo malo, la pérdida de independencia y de libertad de acción (para leer, viajar o ir a los bares). Y en lo bueno, terminar con la soledad (con hijos y con perros).
¿No es por esto que no nos casamos hasta los 29,6? (31,8 nosotros)
¿Ni por lo que no nos reproducimos hasta los 29,3?
¿Ni por lo que vivimos con nuestros padres hasta los 31,3?
Razones para el XIX y para el XXI.
13/4/08
¿Libres?
No hay condiciones a mi libertad, hago cuanto quiero con facilidad.
Hola a todas:
Sí, otra vez con lo mismo.
La última vez era “la libertad gusta, pero jode”. Y “quizá me sería más fácil buscar canicas de colores entre toneladas de mierda que en tarros de canicas”. Y “la libertad está sobrevalorada, en relación, al menos, con la felicidad”.
Me va a entretener mucho más lo de hoy. Y es que alguien, que no sabe leer muy bien, anda diciendo que la ciencia se está acercando a negar el libre albedrío. O, al menos, a ponerlo en entredicho.
Todo viene por aquello de que las áreas del cerebro responsables de ejecutar una decisión se activan bastante antes de que el individuo pueda declarar haber decidido. Es decir, que la decisión está tomada antes de que el individuo sea consciente de ello.
No se por que ha sido tan sorprendente para algunos, cuando los experimentos de Libet ya nos decían a principio de los 80. Sin TAC, pero con electrodos, que viene a ser lo mismo (detectando actividad no autorizada en el cortex prefrontal… ¿abrimos fuego?).
El por qué se puso tan en entredicho entonces, en general, y por qué resulta tan impactante ahora es (ahorrándonos justificaciones tecnológicas) porque hemos heredado, del catolicismo y de Descartes (por poner dos ejemplos), una separación clara entre cuerpo y conciencia (antes conocida como alma). Y todo lo que lo contradice nos asombra/molesta.
La verdad es que Descartes, San Agustín y todos los que publicitan esa dualidad no dicen nada que no creamos, en mayor o menor medida, cada uno de nosotros. Y es que lo que sentimos que somos, lo que mejor percibimos, nuestro “alma”, nuestro mundo interior, nos parece muy diferente de nuestro cuerpo, que, a su vez, no parece muy diferente al resto de los cuerpos.
Por eso nos cuesta admitir, a veces, que las hormonas determinen nuestras acciones, que las enfermedades psicológicas son tan enfermedad como pueda ser la úlcera de estómago o la falta de voluntad para dejar de fumar. Porque nos parece que son dos cosas separadas, nuestro mundo interior y nuestro cuerpo. Como digo, creerlo así es un modo, a su vez, de separarnos del resto del mundo “físico”… de los perros, los paraguas y las albóndigas con tomate. Eso está ahí, y una dimensión de mi persona también está con ellos. Pero otra parte de mi mismo, la “importante”, la más “valiosa”, es claramente distinta.
En fin, para mí no hay duda: el alma es una chorrada. Nuestro cuerpo es lo que somos, ni más ni menos. Y nuestro “espíritu” emana de él, como la saliva o los suspiros. Y este descubrimiento (o, mejor, esta confirmación) no hace más que ahondar en el asunto, demostrarnos que el cuerpo “decide” antes de que el alma pueda abrir la boca.
Por otro lado, estos experimentos no niegan el libre albedrío. Sólo niega la conciencia del libre albedrío. Es decir, lo matizan: la decisión la tomo igualmente yo, pero no soy consciente del proceso mientras la decisión se toma. Lo soy un poco después.
La primera divertida consecuencia de esto es pensar que los argumentos, cuando externos (lo que me dice mi abuela, mi jefe o el psiquiatra) se introducen en el proceso de toma de decisiones cuando, posiblemente, la decisión ya está tomada. Claro que se puede reiniciar el proceso otra vez, y tomar una nueva decisión considerando los nuevos puntos de vista… pero la introducción de argumentos nuevos siempre tiene cierto simpático retraso que deja huecos a la “imposibilidad de impedir”. Sobre todo si la decisión es “de acción” o, dicho de otro modo, imposible de corregir una vez tomada. Como un beso espontaneo o una puñalada entre la tercera y la cuarta costilla. Tú ve hablando… que yo ya estoy en ello.
También me divierte pensar si todas nuestras decisiones no serán más que “racionalización”: yo hago esto (ligar con tu amiga, comprarme un coche nuevo, disparar a quemarropa) porque “me lo pide el cuerpo”. Y, mientras tanto, mi conciencia ya me/se busca unas razones: que si la relación ya la ha dinamitado ella, que si consume mucho, que si nos iban a delatar…
En cualquier caso, que nadie se agarre a que no puede elegir para justificar(se) su sufrida vida. Este lapsus entre elegir y saber qué elijo no imposibilita tomar decisiones. Todos podemos elegir. Incluso los que elegimos “no tener que elegir”.
Y ya les dejo, disfrutando de mi libertad, esa que a veces satisface, a veces aburre y a veces duele. Ya me empiezo a creer que necesito un punto fijo, un suelo, un objetivo claro. Un puntito de gravedad... un jefe y una novia que me roben tiempo, como dicen los demás que les pasa. Algo a lo que culpar de mis avatares, de mi atareada vida. Que signifiquen algo contra lo que pelear o a lo que complacer. Y que me hagan volver a respetar lo que es obligatorio, lo común. O acabare lunes, martes y demás al sol...
Y es que, como decíamos ayer, la libertad hace poco más que libre. O, mejor dicho, me hace poco más que libre.
También soy buen ejemplo de que pensar demasiado en el sentido de las cosas que uno hace y quiere y por qué uno las hace y las quiere suele tener consecuencias grises, que enturbian, que quitan las ganas.
Se exprime uno el cerebro intentando entender y el resultado es, al final, tan banal, tan deprimentemente común, tan biológico...
Porque, si somos cuerpo… ¿qué cojones espero yo que me pida el cuerpo?
Pues lo que necesitan todos los cuerpos.
4/4/08
La libertad os hará.... ¿libres?
Nada que me ate, para siempre en libertad.
Hola a todas:
Afirmación valiente y gratuita: Soy la persona más dueña de su tiempo que conozco.
No más que un jubileta de los que decoran las obras, o que un multimillonario que viva de las rentas (pero no de los que dirigen corporaciones o tienen que ir a la presentación primavera-verano de Galiano). Pero mucho.
No doy cuentas a nadie de mi trabajo, más que ante mi propio cv, y se queja poco (de momento). Ni tengo una hipoteca a la que rendir mensual tributo, ni una boca que alimentar, ni que ver los sábados a las amigas de mi novia.
No siento obligaciones, porque he perdido el respeto a las mías (a las mías y a las de todos: al trabajo, al dinero, a la decencia….)
De cada dia casi todo mi tiempo es mío, que es lo que siempre he buscado, lo que siempre he querido. Pa no morirme pensando “qué de tiempo he malgastado” sino “qué de tiempo me dio la gana malgastar”.
El merito no es solo mío, no crean. Mis exnovias también han hecho bastante por la causa.
Tan libre…
Y saben lo que hago con mi tiempo: pues ordinarieces como ver la tele (Studio 60 es una gran serie), leer novelas rollo "intelectual" y reprocharme a mi mismo esta inercia. E intentar echar un polvo (otro). Todo sea dicho.
Vamos, que no soy más feliz que ustedes. Ni menos.
Lo que me trae a la cabeza una conversación muy poco grata que disputé hará un año, que versaba sobre temas completamente ajenos a este post, pero en el que dimos muchas vueltas a lo siguiente: a los occidentales nos parece que no hay felicidad sin libertad.
Yo estaba en el bando del sí. En el “se puede ser feliz no siendo libre”. En el “las decisiones tomadas con completa libertad no nos hacen, necesariamente, más felices que las que nos vienen dadas”. Aunque casi todo nos creemos que elegir es imprescindible, que no se puede ser feliz cuando no hay libertad (esto es, la libertad como condición necesaria, aunque no suficiente, para ser feliz).
Mucho menos me creo, porque es menos creíble, que la libertad HACE feliz. Casi me atrevo a decir que más bien al contrario: los experimentos que la psicología experimental ha hecho sobre el tema nos muestran que cuando a alguien se le da la opción de elegir libremente cada día, sin que tenga mayores consecuencias, no puede dejar de pensar en ella, no da la situación por concluida... y eso le hace infeliz (genera estrés, tensión, y ocupa mucho hueco en la cabeza). Y eso que la decisión que toman es una chorrada, como el cambiar el marco de una foto o el color de un coche. Imaginen libertad total para cosas más graves, como cuantas horas trabajar al día, decidiéndolo cada día, o si vivir en Santander o en Oviedo, decidiéndolo cada semana.
Y es que ser libre es como las canciones del verano: una alegra, diez provocan el vaciado del local. Elegir en completa libertad, sin tener que pensar en las consecuencias, da dolor de cabeza.
No necesito la psicología experimental para que me diga eso. Ya lo vivo yo tarde a tarde, viendo a Chandler no haciendo de Chandler. Ahogado en dudas y, a la vez, contento de estarme ahogando.
Así que no se engañen, tener más libertad no les haría más felices… necesariamente.
21/3/08
Mi pasado me condena.
Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.
Hola a todas:
Hoy es viernes santo. Es una vergüenza, pero no recuerdo si hoy murió Jesucristo, hoy le enterraron, hoy resucito u hoy se lavó las manos Don Poncio. Una vergüenza solamente por el dineral que mis padres se gastaron en añadir a mi cv doce (se dice pronto) cursos de religión, año tras año, pradrenuestro tras padrenuestro. Es lo que tiene la información arbitraria: cuando dos conceptos se unen sin lógica ninguna es fácil que se borren de la memoria (aunque algunos también perduran inútilmente, como la lista de las preposiciones castellanas, incluida so, o el "clavelitos").
Sea como fuere, hoy es día de sufrir. No tanto por lo que pasó (o dicen que pasó) hace veinte siglos, sino porque la semana santa en Madrid es garantía de soledad total. Al contrario que en navidad, que cuando vuelves las autoridades ponen las calles y tu casa abarrotadas, ahora sólo te reciben soleadas avenidas vacías, torrijas a tres euros en las pastelerías y muchos sitios para aparcar.
La soledad hace pensar. Y a mi me suele dar por pensar en pasado.
La verdad es que este post (el título y la canción subyacente) no lo había pensado para referirlo a mí. La idea era hablar de lo siguiente: aunque corrijas las razones que una mujer sostuvo para explicarte (y explicarse) por qué te dejaba, eso no tiene ABSOLUTAMENTE NADA que ver con que esa mujer quiera volver contigo. Es decir, al pasado no se puede volver. No hay marcha atrás. Cuando dos países desarrollan armamento nuclear la solución a la tensión nunca es desarmarse, nunca es volver al estado anterior. Siempre es dar un paso adelante, crear satélites antimisiles, muros de xenofobia y patriotismo o confusos tratados de desarme parcial.
Hoy es hoy, y ayer ya no es (ni será) nada.
Pero, al final, el post va a ser para mí. No sobre mujeres, sí sobre vueltas al pasado.
He vuelto, circunstancialmente, a Madrid. Madrid es muchos sitios, entre otros mi universidad. Y me está resultado más desagradable que agradable. Y es una sensación que no esperaba (esperaba encontrarla tan acogedora como vive en mi recuerdo). Lo bueno es que he encontrado la fuente del desasosiego: mi yo del pasado, lo que él fue, las sensaciones e ideas que dejó. Tras tantos años en esta institución me han (se ha) creado un rol, un papel, mediante el cual los demás me comprenden y al que yo me adapto.
Pero el traje ya no me gusta. En algunos sitios me tira, a punto de estallar. En otros está dado de sí, me tapa cosas que necesito que se vean. Pero lo que más jode es los sitios en que se ha quedado corto, las vergüenzas que ya no es capaz de tapar.
Aquí soy lo que fui, lo que todo el mundo sabe que era, para lo bueno y para lo malo. Y nadie ve más allá de esa imagen, gordo, afable pero irascible, inteligente y perezoso, maleducado y bienintencionado y con gafas.
Y yo ya siento que soy otra cosa. Que no todo lo que se sabe de mi se debería saber. Y que hay cosas que quiero que se sepan que nadie escucha.
Todo es culpa mía, lo se.
Bueno, mía no. De mi yo del pasado.
No quiero ser más lo que fui. No quiero volver a amoldarme a ese traje. Aunque en el fui muy feliz mucho tiempo. Pero hasta que me lo he quitado no me he dado cuenta lo incomodo que estaba y lo mal que me sentaba. Así que lo colgué, lo lavé y lo puse a ventilar. Pero ni por esas. Nadie ve más allá de lo que han venido viendo doce años.
Por primera vez entiendo esa satisfacción norteamericana de volver a empezar, de poder inventarte de nuevo, de mentir a los demás y ti mismo tanto como quieras o te permita tu personalidad.
Claro que no soy tan distinto a lo que fui. Evidentemente. Nada cambia tan rápido. Pero lo que más se nos parece es lo que más se odia: a tu hermano dos años menor. Como se odian serbios y montenegrescos. O la Esteban y la Campanario.
En fin, que volver ha sido una estupidez. Estupidez que, por otro lado, se volverá a repetir.
17/3/08
Adjetivando de nuevo.
Que no sea muy malo... Que no sea muy bueno....
Hola a todas:
Hoy abrimos con dos reflexiones ajenas.
Las personas malas no son las que no se sienten mal cuando hacen daño a los demás. Son, simplemente, las que te hacen cosas malas.
Las personas buenas no son las que no se sienten entupidas o ridículas o avergonzadas cuando se preocupan por alguien o por algo. Son, simplemente, las que hacen cosas buenas.
¿Se es menos malo si te sientes un cabrón cuando jodes la vida alguien?. No, yo creo que se es incluso peor. Porque los remordimientos indican que se es consciente de la vileza y, por tanto, se podía haber evitado.
¿Es menos bueno quien se siente un imbecil cuando ayuda a alguien? Menos bueno, no. Eso si, casi seguro que es un imbecil (pero de los que caen bien).
Lo sé: es muy simplista. Hay mil detalles... desde el marco temporal en que se emite el juicio (a lo madre: comete las lentejas o no te levantas de la mesa... hoy mal, mañana sin escorbuto), el relativismo moral (a lo Daredevil: si detengo a este tipo su familia no tendrá nada para comer) o la posibilidad de hacer daño a alguien para favorecer a otros (a lo Trichet: bajar el euribor y que se dispare la inflación). Temas todos ellos muy interesantes, pero no son de mi incumbencia. Yo sólo quiero hablar de como juzgamos, no quiero juzgar.
Lo primero que nos hace falta es una vara de medir. Cada uno tiene la suya (algunos tienen varias). Un referente que te orienta, que te dice "si haces lo que yo digo eres de los buenos; si me contradices, de los malos". La adecuación puede ser más o menos elástica, según uno admita mejor o peor los tonos grises, según valore los confusos debates del párrafo anterior. Pero en general se tiende a la fotocopia, al B/N, a ceñirse a la letra escrita. Las religiones monoteístas son expertas en este "o conmigo, o contra mí". Quizá porque es más fácil referir a puntos fijos, inmutables, todo se llena de esta clase de divinidades opuestas: o con la ley o contra ella; o con lo políticamente correcto, o contra ello; o con el trasvase del Ebro o contra Cataluña; o con Luís o contra España...
Una mierda, sí, pero es lo que preferimos/necesitamos: Reglas fáciles, juicios fáciles, condenas fáciles. Todo fácil, claro y limpio. Cuando parece mucho más divertido el politeísmo... con Zeus y Apolo, pero contra Atenea... con Aguirre y Acebes pero contra Gallardón....
Todos a coro: ¡Muerte al bipartidismo!, ¡Al yin y el yan!, ¡Al normal y al freak!
Y después de esta estéril ronquera, volvamos a lo de una ÚNICA vara de medir (que matizar cada juicio es un rollo). Nuestra vara de medir nos permite adjetivar, juzgar como egoísta o altruista, como caliente o frío. Porque los adjetivos colocan lo calificado en una escala. La escala puede constar únicamente de dos grados (vivo y muerto, por ejemplo) o de muchos (los siete colores del arco iris, y hasta 200 más si eres mujer, 35 si eres hombre), aunque estos siempre se pueden descomponer en una sucesión de pares mutuamente excluyentes (algo verde es, a la vez, no negro, no azul, no morado... y así 31 o 196 veces más).
Pensemos ahora en cómo escoge cada uno el punto de referencia (no pierdan entre tanta cháchara que hablábamos de ser bueno o malo). Se me ocurren dos opciones:
a) respecto a una media (subjetiva) de la población a la que nos referimos. Es decir, cuando le dices a alguien que es alto no quiere decir que sobresalga de los fresnos, quiere decir que, dada una media (subjetiva) de la población, esta persona está por encima de esa media. Respecto a lo de ser bueno o no, sería algo como: si dividimos la población universal entre personas buenas y malas, tú te quedarías en el lado de los que se van al paraíso, cuerpo y alma, a disfrutar pasa siempre de placeres no carnales.
b) respecto a un referente abstracto, un ideal. Esto casi siempre vale para las valoraciones del espíritu, como justo o cruel, pero también para juzgar príncipes azules ("eres demasiado moreno para ser mi novio"). En estos casos cuando se dice que eres buena persona se piensa en cuanto te acercas al "ideal" de bueno. La escala en este caso no la define la observación, la define ese "algo" al que me he referido al principio: un dios, unas leyes más o menos escritas, un puerta de discoteca...
Por cierto, con este criterio creo que casi todos somos malos. Malísimos.
¿Nos importa algo todo esto?
Pues, por lo que se ve, a algunas sí.
A ellas les diré, como guía espiritual (para la tranquilidad del mismo), completamente gratis y sin efectos secundarios, lo siguiente: No pregunten lo que, en realidad, no quieren saber.
Porque hay gente que no sabe no responder a cuestiones de gran calado como ¿Crees que soy una persona inteligente?, ¿Has estado con alguien desde que lo dejamos?, ¿Estoy más gorda que cuando me fui a Suiza? o ¿Te lo follaste en nuestra cama?. Que sí, que lo indiscreto es la respuesta y no la pregunta. Pero no se puede andar pidiendo todo el rato a los demás que mientan/sean discretos por uno (esto hay que reservarlo para las excusas tapa-cuernos o para cuando faltas dos días a trabajar).
Y, como cierre, oigan lo que oigan estén tranquilas. Con toda seguridad son todas ustedes buenas. Muy buenas.
PD (mi primer post data):
Vuelvo por aquí, sí. Es que me ha escrito un mail una persona que se declara lectora asidua (¿?) y noctámbula, añado. No estaba indignada, simplemente quería saber si el críptico final deja caer que creo que todas las mujeres son malas.
No, apreciada amiga, está en femenino porque encamino mis textos al abundantísimo público femenino. Pero en realidad quería decir, "Con seguridad son todos ustedes buenos. Muy buenos.", entendiendo el masculino como el genérico del castellano. Y lo digo porque:
a) Creo sinceramente que todo el mundo es bueno. Aunque la realidad se emperra en llevarme la contraria (pero son casos puntuales).
b) Todo el mundo SE CREE que es bueno (por aquello de que todos nos vemos siempre un poco por encima de la media).
c) El masculino no permitía el juego de palabras de usar el "muy buenas" tanto como asentimiento de lo previamente expuesto como de despedida.
No es mi política contestar a los lectores airados, pero es que esta señorita ha sido muy divertida y muy simpática (y me ha preguntado si podríamos quedar a tomar un café).
9/3/08
Lo que tu y yo sabemos.
¿Cómo preguntas si tenemos algo en común?
Hola a todas:
¿Han vivido alguna vez una de esas situaciones en que se entienden instantáneamente con un desconocido sin tener que decir nada? ¿No es fascinante?
El otro día, restaurante en Edimburgo, dos españoles (uno de ellos de esos que está en la parra), un italiano y un japonés. De pronto, cruce de miradas... tu a mí, yo a aquel. Efectivamente, la camarera está terriblemente buena.
Otro ejemplo de comunicación no verbal, en la misma línea, en Lavapies. Entran al kebab dos españoles (uno sigue un poquito en la parra). Por no mezclar colores y nacionalidad (o por corrección política) dire, mejor, que entran al kebab dos varones caucásicos, relativamente jóvenes. Y allí están el dependiente (que no camarero) árabe y cuarentón, dos guitarreros sudamericanos (edad imprecisa), un chino cenando sólo (edad más imprecisa) y entra un negro (veintipocos) vendiendo CDs. Sí, lo sé, parece un chiste de los que demuestran que, al final, el español es el más listo.
Mientras se ojean los CDs entra, esta vez sí, una mujer (también negra): Cruce de miradas, al chino, al negro, al camarero... silencio sepulcral. Acaba de entrar la madre primigenia, la más mujer de las mujeres, la hembra, la única... regalándonos su presencia. A ninguno nos cabía duda. Nada que decir, sólo hay que adorar.
Otro, que estoy embalado. Gabón, esta vez un solo español sin parra, saliendo del portal. Y enfrente una reunión de gaboneses. Y pasa un chica por la calle. Efectivamente, no se equivocan. Con las miradas a todos les quedo clarísimo lo que les parecía. Y les parecía bien.
¿Qué nos dice eso? Sí, que todos los hombres somos iguales (y unos cerdos). Pero, ¿qué más? Pues lo que ya sospechan todas, que tanto la universalidad de las miradas como la de los gustos nos quiere decir algo (no es que todos somos iguales más allá del color de la piel, no me sean ñoñas). Nos dice que, aún no habiendo comunicación explícita, ni una educación común, ni una misma tele que nos venda los mismos modelos, ni siquiera los mismos anuncios de cocacola, parece que a los hombres nos gustan cosas parecidas en las mujeres. Cosas que sabemos todos, que no explicitaré. Porque hoy lo que me interesa es la coincidencia. Y es que la constancia en gustos es apabullante, independientemente de donde saques al muchacho, rico o pobre, republicano o demócrata, azul o verde...
Hay algo "biológico" en esto, algo que lleva dentro de si cada ser humano... Casi todos pensamos igual pese a las muy diferentes vidas que hemos llevado, luego parece lógico pensar que esa comunión está en la materia de que estamos hechos (la materia humana). Hay quien defiende que esta concordancia no está en los genes, sino que es aprendida, una manera (¿injusta?) de ver a las mujeres que está en todas nuestras culturas. Y entienden las pocas culturas/los pocos señores que miran a las mujeres con otros ojos como ejemplos de que la visión general es cultural. Sin embargo es más sensato, creo yo, pensar que está en la naturaleza de los hombres y que sólo algunas culturas han sabido modificar estas preferencias, cambiar la "naturaleza humana".
Por favor, no confundan "natural" con "correcto". ¡No somos Rousseau! ¡Ni jipis!
¿Qué todos miramos más a las chicas jóvenes? ¿Qué sólo nos importa el ratio cadera/pecho y la tersura? ¿Creen que somos unos hijos de puta? ¿Qué fabricamos sufridos estándares con esa presión constante e inconcreta? Pues ahora viene lo mejor (se van a reír). ¿Saben que tal puntúan las chicas a otras chicas?. ¿Y dónde creen que reside su belleza? ¿Y lo homogénea que es esta opinión de mujer a mujer?
Supongo que por el tono y el orden de las preguntas se entiende que 1)las chicas puntuan a otras chicas peor que los hombres, 2)que las mujeres consideran bello más o menos lo mismo que los hombres y 3)la opinión es muy homogenea entre mujeres.
¿El juicio está en la naturaleza? ¿O ha sido aprendido por hombres y mujeres?. Yo creo que a, pero ¿qué importa? ¿Por qué interesarse si nacimos con ello o nos lo han colgado, si el problema es que la belleza, las miradas y los piropos caducan? Que no siempre seré objeto de los comentarios espontáneos entre desconocidos. Ni de los piropos desde el andamio. Ni de las envidias de las otras del bar.
No se inquieten. Siempre se puede confiar en el coche-escoba.
Y, mientras llega, déjense entretener con estos debates.