25/5/08

No aprendo de los piratas.

Qué dolor sucio y traidor.

Hola a todas:

Hoy quiero hablar de la traición. Desde luego con una óptica miope, simplificadora y ridícula. Como siempre.

¿Qué entiendo yo por “traicionar”? Traicionar a alguien es hacer algo, o dejar de hacer algo, contrario a lo que esa persona espera de nosotros, ya sea por contradecir un acuerdo explícito, implícito o por contravenir nuestro modo habitual de comportarnos. Esto puede ir desde no llevar cerveza a su fiesta hasta votar en su contra en el Consejo de Administración. Por tanto, aún falta algo más para cerrar la “definición”. Y es que ese “comportamiento no esperado” tiene que ser percibido como perjudicial por el traicionado. Esas consecuencias negativas pueden ser, por tanto, completamente subjetivas. Por ejemplo, que te pongan los cuernos en sí mismo apenas causa un perjuicio evidente al cornudo, pero subjetivamente se suele sentir como un dolor grave, asociándolos a “falta de amor”, “falta de respeto”, etc. La traición se puede dar en toda clase de vínculo, pudiendo traicionarnos (o ser traicionados) desde nuestro compañero de mus hasta nuestra hermana.

El traidor se es más fiel a si mismo que a otros. Y eso, la verdad, nos pasa a casi todos en un momento u otro. Diría que es muy humano, pero es que no es sólo humano. El sentido de un/todo ser vivo es garantizar su existencia en vez de lo contrario. A eso se ha dedicado casi toda su existencia, y la de su antepasado, y la del anterior... haciendo toda clase de cosas para seguir vivos y reproducirse. Y eso incluye ser leal, si es conveniente, o ser desleal, si eso nos es más favorable (no perder de vista los objetivos...).

A los puristas les reconoceré que esto es una simplificación. Seré más “exacto”: los organismos vivos desarrollan estrategias que tienden a maximizar la existencia y subsistencia de ellos mismos y sus parientes (digamos, dicen, "de sus genes"). La vida, los seres vivos, son así. Van "a lo suyo" y a "lo de los suyos". Así que, digo esto sin asombro ninguno, la traición es muy natural y no serlo va, cuando respetar nuestras lealtades nos es desfavorable, contra natura. Lo cual, a mi entender, no la justifica.

Es natural, por tanto, que los seres humanos traicionemos. Y estas traiciones, normalmente, las motivamos. Si los motivos importan, yo no lo se. No se si es lo mismo denunciar a un amigo que ha matado a alguien porque se cree en la ley a lo Kant, porque se tiene miedo a ser acusado de encubridor, porque se tiene miedo de ese amigo ahora criminal, por la recompensa que se ofrece, o por otra mil posibles razones. El caso es que ese amigo, que confiaba en ti, está enchironado.

Lo que sí se es que parece ser que la traición está en la forma de ser, es connatural a algunas personas. Parece ser que el que traiciona, tiende a hacerlo una y otra vez. Al menos en experimentos de laboratorio, donde el “traidor constitutivo” traicionan en juegos de muy diferente naturaleza, y traiciona a conocidos y desconocidos. Esa "tendencia a la traición" podría indicar que no importan las razones, que uno siempre puede encontrar motivos que hagan parecer justificable la traición.

Tengan (como siempre) en cuenta que estos experimentos son en laboratorio, no "situaciones reales": ya saben de lo que hablamos, los peligros de generalizar, lo artificioso de las pruebas en laboratorio y etcétera... Si una bacteria que en laboratorio se come el plástico en el campo sólo sabe comer azucarillos, imagínense lo distinto que podemos comportarnos las personas.

Así que opto por mirar alrededor, a ver si es cierto que el traidor es reincidente. Pero como la traición es una cosa que suele quedar oculta, quizá sólo nos queda para evaluarlo mirarnos a nosotros mismos (aquí un profundo ejercicio autoexploratorio…. ¿han acabado?). Como a mí mirarme el ombligo (o que se lo miren ustedes) no me sirve para seguir con el argumento, pasaremos en los traidores públicos. Hay miles de ejemplos, pero a mí me apetece resumirles la vida y andanzas de Joseph Fouché, un caso histórico paradigma del que sabe cambiar de chaqueta una y otra vez. Nació, como todo gran político, en el seno (esto me encanta) de una humilde familia marinera y llegó a la política previo paso por un seminario (donde, suponemos, se le instruyó en las artes que tan buen nombre le dieron). Como político supo sobrevivir a una época en que lo común es que a los gobernantes, antes o después, se les cortase la cabeza. Su carrera comenzó con la revolución francesa, su pasaporte para acceder a la Asamblea Nacional. Allí en un primer momento se adhirió al partido girondino (monárquico moderado), que era mayoría. Pero según el partido pierde poder se fue pasando, silencioso, al lado radical (los jacobinos). Tan notorio fue el cambio que promovió la decapitación de Luis XVI. Como parecía un buen tipo, los jacobinos le enviaron a provincias, distinguiéndose por su “eficaz” campaña antireligiosa (de seminarista a matacristianos). A su vuelta a París ha de enfrentarse a Robespierre, el líder de los jacobinos, que desconfía (supongo que con razón) de él. Y aunque Robespiere en esos años había logrado decapitar a muchos de sus adversarios (antes aliados), Fouché salio airoso y fue su “jefe”, tras un golpe de estado, el que acabo sin cabeza. Por su celo asesino en la etapa jacobina nuestro protagonista lo tenía difícil para salvar el pescuezo. Pero empleando toda su habilidad política no sólo fue amnistiado, sino que se le nombra ministro de la Policía. Desde este puesto controlaba una amplia red de espías que, en su momento, no dudó en poner al servicio de otro golpe de estado, el que entregó el poder a Napoleón (del gobierno del pueblo a respaldar a un emperador). Por los servicios prestados siguió siendo Ministro. Pero Bonaparte, tras saberle envuelto en diversos intentos conspirativos, lo castiga mandándole a gobernar Croacia. Como el hombre no debía estar contento con el destino, se puso de nuevo a conspirar, esta vez para que volvieran los Borbones. Lo que no quitó para ser nombrado de nuevo Ministro en el breve retorno de Napoleón. Tras la derrota definitiva de Waterloo se pasó a la restauración monárquica, ofreciendo el trono a Luis XVIII. Lo que es muy gracioso, si tenemos en cuenta que Fouché fue uno de los partidarios de la ejecución de su hermano Luis XVI.

En resumen: empezó masacrando a sueldo de la Revolución, traicionó a Robespierre, sirvió bajo Napoleón y, cuando éste perdió el poder, se pasó al bando monárquico.

Históricamente también se nos dan soluciones a la traición. Aplicando el lema "Roma no paga traidores”: en vez de los denarios prometidos te regalo esta puñaladita. O como al parecer hacían los piratas: una vez que un traidor de un barco adversario nos ayuda a "tomar" ese barco, la primera acción que lleva a cabo el nuevo capitán es pasar a cuchillo (con escarnio público, por cierto: el que avisa…) a los traidores que le acaban de ayudar. Porque el que es capaz de traicionar, el que se deja comprar, lo puede volver a hacer. Y más vale ser cruelmente cauto que lealmente traicionado.

Por lo que se ve, ni Marco Pompilio Lenas ni los piratas creían que las razones tuvieran importancia.

Yo, que sólo pirateo CDs y no hablo latín ni en la intimidad, sí creo que las razones importan. Que sí tiene interés saber por qué la gente dice que hace esas cosas (eso sí, sin perder de vista que la gente miente, incluso a si misma). Eso no quita para tener presente los experimentos que dicen que la traición está en la "forma de ser" de algunos. Que ese amigo que ante usted pone a parir a otros amigos, probablemente haga lo mismo con usted cuando no esté presente. O esa compañera de despacho que airea las intimidades de otras compañeras, hará lo mismo con las suyas (si las llega a conocer).

Por eso la próxima vez que alguien les cuente un secreto de otro, o ponga los cuernos a su novia con usted o trate de engañar al dividir el precio de la cena, pregúntenle por qué. Y apunten que es capaz de hacerlo en una agendilla. No les va a ayudar a evitar la traición. Pero siempre es mejor saber.

Creo.

11/5/08

Mi sociedad gastronómica.

Sopas de sobre, ¡no!

Hola a todas:

Mi primera foto en este blog (salvo el cuadro de ahí al lado).



Eso que han visto es un cocido madrileño (sin morcilla). No tendría mayor interés excepto por el detalle de que está realizado íntegramente en Edimburgo, una ciudad en la que no es fácil encontrar todos los ingredientes. Lo cual demuestra que soy un excelente proveedor de alimentos sanos y equilibrados. Y que sé de tareas domésticas. Y, por tanto, que soy un gran partido.

Mientras alguna de ustedes se decide a compartir mi mesa y mantel (pa empezar), en esta casa damos de comer a exiliados, españoles y extranjeros, los domingos. Grandes joyas gastronómicas peninsulares de ayer, hoy y siempre: macarrones al horno, unas judiitas blancas o el fotogénico cocido.

Cuando éramos más jóvenes ya hacía yo, en sano complot con mi compañero de piso, comidas domingueras. En las que invitábamos a viejos amigos, a nuevos amigos y a chicas que yo me quería ligar. Y a su novia.

Me encanta cocinar. Me encanta compartir lo que cocino. Y me encanta conversar mientras comparto primero, segundo, postre, café, copa y puro. Es la única manera que me parece eficaz para fomentar que las personas se desnuden, se dejen conocer. Para profundizar en los siempre y asomarme a los nuevos. Ya me dijo alguien que comer es el método que yo empleo para encontrar a los demás interesantes. Y para darle pinceladas de rosa a la vida. Yo más bien creo que no está en mis ojos, sino que es cierto que la gente se abre más delante de un guiso humeante. Porque disfrutar de una comida casera (no de diseño) en una casa (no en un restaurante cool) es una situación muy íntima, en que las personas se encuentran cómodas, arropadas, domésticas. Y que por eso son más ellos, se dejan las caretas, el maquillaje y el vestido de faralaes debajo de la servilleta y se disponen a mancharse los carrillos con salsa de tomate y a que se les vean los alambres. Sin miedo ni vergüenza ni pudor.

Pero sea mi vista, o sea que de verdad comiendo la gente se "suelta", el caso es que el protocolo de traer invitados los domingos es una de mis actividades favoritas. Antes lo hacía mucho. Pero en los últimos años la cosa ha decaído, quizá por falta del público adecuado, quizá por el declive publicitario que padece la dieta tradicional/mediterránea... quién sabe. El caso es que he ido a caer en un sitio donde, sin quererlo, he resucitado una de mis más amadas tradiciones. A ver qué preparo este domingo. A ver qué me cuentan. A ver qué les cuento.

2/5/08

Odio de clase.

Yo como firmé un contrato no puedo parar.

Hola a todas:

Más efemérides (y van tres seguidas).

Tal día como hoy (más o menos):
a) Un montón de valientes descerebrados en Madrid, en Móstoles y en Bailén decidieron partirse la cara contra el opresor francés y contra el no tan francés. Les dieron bien, antes de echar a los gabachos y también después.
b) Un montón de estudiantes se levantaron en Paris contra nada o casi nada... arrastrando a los sindicatos y forzando unas elecciones. También les dieron, pero solo palos. Más divertido fue para los que se levantaron en Praga...
c) Los sindicalistas de los que hablábamos ayer… por las calles de Chicago (¡que yo tanto conozco!).

En fin, la primavera, que debe ser que sí que altera: ¡Qué bonito está Tian'anmen en junio! ¡Y Ciudad del Cabo en octubre!

¿se ha analizado (seriamente) si hay más revueltas en primavera? Diría yo que sí. Será porque hace buen tiempo y apetece reunirse… y de ahí a enfadarse median dos cervezas. O que al comparar como florecen las flores y los patos con nuestra vida uno se solivianta.

Observación no muy perspicaz: las revoluciones sociales siempre las llevan a cabo gentes oprimidas que se revelan. Supongo que porque el que menos tiene, menos arriesga y más necesita. Y me parece que, en general, ganan bien poco, ni ellos (que normalmente mueren o casi mejor que hubieran muerto) ni los suyos. Sin llegar a ver realizado su ideal, o, peor, para ver como el ideal se deforma para convertirse en otra forma de opresión, mejor camuflada. No quiero decir que los de arriba se mantengan pese a las revueltas. Esos pagan el pato, pero llegan otros. ¿Será que el destino de las sociedades es que siempre haya alguien arriba y alguien abajo?; ¿“Todo tiene que cambiar para que todo siga siendo lo mismo”?

Sea en balde o no, casi siempre pringan los mismos. No es que en las revueltas no haya gente “bien”, o que ellos no palmen… Pero menos, sea porque ellos se levantan contra sus padres, o porque “los feos somos más”, el caso es que siempre hay más victimas entre la clase trabajadora/baja.

Y cuando pienso en esto me hierve la sangre. Y es a esto a lo que llamo “odio de clase”.

Se que es gratuito, completamente. Me siento oprimido, siento que alguien me roba la felicidad y la libertad y se beneficia de ella… y no tengo derecho (léase “la libertad os hará… ¿libres?” en caso de duda). Levantarme ¿contra qué?, ¿Contra despertarme a las 9, salir de copas los jueves y acumular 200 DVDs en casa?
Es 100% calentura y boquilla, es ira gratuita por creer que algunos viven mejor a costa de otros (que yo considero “los míos”). Ira gratuita por creer que algunos lo han tenido más fácil. O envidia gratuita, yo que se.
Ya ven que en cuanto me pongo a profundizar me desinflo, me siento ilegítimo (porque lo soy), un sublevado impostor.

Y, aún así, con la razón en su contra, el rencor no desparece, sigue ahí, con su pátina de envidia. Rencor contra la alumna que un día me dijo "eres majo para ser de barrio". O contra el colega que fue a las manifestaciones del 0,7% en su mini. O al que habla de la revolución social y luego tiene clase en el club de tenis. ¿Por qué? Bien mirado no tengo nada que envidiarles, no lo he pasado peor...yo también disfruté y supe explotar bastantes privilegios... ¿Y entonces? ¿Por qué?

Pues, como decía mi padre y a veces el maestro Sabina, nos sobran los motivos.

Todas las estructuras sociales animales, si me permiten la generalización, presentan jerarquías. Estar sometido a una jerarquía genera estrés en los individuos, incomodidades. Desde el macho morsa dominante que persigue y pelea con todos los que quieren “saltarse” la jerarquía y fecundar a sus hembras hasta el pobre lemur de cola anillada al que se le agrede gratuitamente simplemente por su bajo estatus. En general estar sometido a estrés causa estragos en el organismo, porque los mecanismos fisiológicos enfocados a mitigar el estrés (la subida de la presión arterial, la interrupción de la digestión…) resultan perjudiciales si se mantienen activos demasiado tiempo. Es más, puede llegar a causar modificaciones permanentes en el organismo permanecen activos un periodo muy prolongado. Efectos como la práctica desaparición de los testículos, el retraso indefinido de la madurez sexual, hipertensión basal, cambios neuronales permanentes afectando a la habituación y el aprendizaje, mayor nivel basal de glucocorticoides, mayor tono cerebral de las benzodiazepinas naturales…

Seguro que se han dado cuenta de que los humanos estamos sometidos a una jerarquía. Y también que la situación que uno ocupa en ella estresa. Con la diferencia que ante la señal “dios, ahí viene el macho alfa y parece cabreado, a ver como capeamos el temporal” los mecanismos para superar el estrés (esconderse o humillarse) funcionan. Sin embargo si lo que se avecina es el ataque inminente de los números rojos, el pago de la hipoteca o el no encontrar trabajo, salir corriendo funciona regular.

¿Saben que entre los seres humanos las clases menos favorecidas gozamos de índices de salud considerablemente menores? Y no hablo en Lagos o en Chiapas… hablo de las sociedades humanas occidentales, las “avanzadas”. Nuestra esperanza de vida es algo menor, nuestros bebes pesan menos, estamos más expuestos a enfermedades de todo tipo (cardiacas, reumatoides, psiquiatritas…). En principio se puede intentar achacar a que el acceso a la sanidad o a la alimentación de calidad es menor. Y, sin embargo, ambos factores se controlan en estos estudios. Otra opción, muy del gusto de alguno, es que las clases menos favorecidas somos “peores” genéticamente… Pues no, esa posibilidad también ha sido descartada.

¿Qué explicación cabe entonces? Pues que ante las diferentes situaciones a los que nos enfrentamos en nuestra sociedad, son las clases desfavorecidas las que sufren más estrés social, más “hondas” preocupaciones: la hipoteca, el perder el trabajo, el cuidado de los críos…. En fin, casi todas solucionables con dinero, pero algunas también vinculadas al estatus.

Y tanto estrés sostenido tanto tiempo en un primer paso logra alterar nuestro modo de pensar, siempre un poco preocupados, siempre un poco más cautos, siempre más proclives a que salten los mecanismos de respuesta al estrés (psicológico). Y en un segundo nivel no sólo afecta a nuestra idiosincrasia, sino también a la forma en que nuestro cerebro funciona, a como procesa las señales que vienen del mundo. Y, por si les parecía poco, se tarda varias generaciones en que estos cambios en la fisiología y la microanatomía desaparezcan, porque un padre estresado educa a su hijo a ser estresado. Seguro que ahora entienden las diferencias de actitud entre nuevos ricos y pijos “de toda vida”.

Ya ven, el bajo estatus social deja huellas imborrables en nuestro organismo. En la glándula suprarrenal, el corazón o el cerebro. Y no por lo mal que comemos o los poco que nos duchamos… por el estrés que sentimos. Uno es “obrero” por dentro, por bien que le haya ido en la vida, de ingeniero, con la Primitiva o con el pelotazo inmobiliario.

Así que ya están avisadas… conmigo podrían disfrutar de los placeres que brinda el discreto encanto de la clase trabajadora: las sublevaciones íntimas en primavera, la búsqueda de las ofertas más baratas en vuelos y yogures y el compadreo ridículo con los albañiles en el bar.

Tengo hasta un mono azul con mugre, por si les interesa la de “Soy el fontanero, que venía a revisarle las cañerías”.

1/5/08

Otra fiesta pagana.

En la hoguera hay de beber.

Hola a todas:

Por el título podría parecer que el post va del primero de mayo, esa fecha que celebramos desde la mitad del XIX, recordando que en Chicago unos sindicalistas sociatas (sí, socialismo en Estados Unidos; sí, sindicalistas en Estados Unidos... ¿Qué se creen?) pelearon (y murieron) por la jornada laboral de ocho horas.

Pues no.

Es porque anoche estuvimos celebrando paganamente la venida de la primavera en lo alto de un monte.

¿Cómo celebramos? Pues como siempre lo hace el paganismo. Aquí, en el parque del Oeste y en las aldeas maories. Todo consiste en reunir mucha gente, flirtear y mamarse como escoceses.

Primero, un resumen. Como todas las venidas de la primavera, ésta también se representa como la batalla entre lo carnal y un equipillo vestido de blanco capitaneado por una vestal semigriega (inmaculada, con toquilla y paso altanero de jaca andaluza). Un ejército, el blanco, se pasea por la colina en procesión, con tambores y antorchas pero sin capirotes. Luego está el ejército rojo, más caótico, más violento, más desnudo. Los rojos atacan repetidamente a la hueste blanca, hasta que a la tercera va la vencida (lo que estoy contando no es una performance modernilla revisando el levantamiento bolchevique, no se dejen confundir por la fecha).
Un rollo muy druídico, casi animal, a la luz de las antorchas y las hogueras, pero no de las estrellas (porque llovía). Con tambores y sin gaitas (eso no me lo esperaba en una fiesta escocesa).

Vamos, que "las autoridades paganas" ponen a un montón de amateurs semidesnudos y folclóricos pintados de colores bajo la lluvia, de noche y en lo alto de un monte, no siendo Benalmádena en agosto sino Escocia en abril. Los más pudorosos fichan por el ejército blanco. Las más osadas (y los más osados) se pintarrajean de rojo, algunos se ponen cuernos, otros una capa negra. Una horda de Darth Mauls, hasta que se quitan las capas (luego sólo cuentan con el tanga). A todos les das antorchas y tambores y ya tienes una escena digna del Señor de los Anillos (la película).
Los blancos empiezan desfilando, como los Uruk-hai saliendo de Isengard. Y mientas el invierno se pasea, los del verano se calientan la sangre de cara a la batalla y la hipotermia. Una cincuentena de estupendas veinteañeras, carne 100% escocesa, revolcándose unas contra otras y sacándose la lengua, con el tetamen al aire en lo alto de la puta colina (ellos también marranean, claro, pero tienen menos interés). Luego los rojos hostigan al invierno, provocándolo (con las herramientas ya mencionadas). Y no se más, porque en ese momento decidimos que llovía demasiado para nosotros. No se cómo acabó la cosa, pero deduzco que venció el verano, porque ha amanecido soleado.

Resumen: la fiesta pagana consistio en echar al invierno mediante jóvenes que se contonean en pelotas de noche. A eso lo ponen cerveza... y sube la temperatura, lo juro.

Una vez expuesta esta bonita tradición autóctona, centrémoslos en el público que vino a celebrar. Como era un rollo "en un prao" y "tradición local" acuden sobre todo mochileros, hierbas diversos, porreros urbanos con rastas y chicas liberadas... ya se imaginan. Y algún autentico homeless que ha tenido el valor de llevar su jipismo hasta las últimas consecuencias (esa marginación social llena de tatuajes, con su patina de autenticidad; no envidiable, sí sorprendente). Y muchos, pero muchos, españoles. Cortado por ese patrón de "alumno estándar de biológicas" o "alumno estándar de filosofía y letras": mis padres son dos grandes profesionales liberales que me dan el dinero que necesito, la libertad de ponerme pendientes hasta en los ojos, por mi 18 cumpleaños me tocó un coche y paso tres meses cada verano en Cádiz...

La españolidad del evento me regaló los oídos, según huíamos del diluvio, con este comentario: “es imposible que esto sea de antes de los romanos… si antes de los romanos aquí no había gente… además como iban a calcular donde empezaba el verano si no tenían números… no ves que hasta aquí nunca llegaron los árabes”.

Vaya joya.

Lo primero, resaltar lo importante que es, antes de abrir la boca, tener claro lo que uno sabe y lo que uno no sabe. O, dicho de otro modo, con que fiabilidad se adecuan nuestros prejuicios/conocimientos a la realidad.

Además, 1) yo también dudo que la fiesta sea prerromana, al menos en su configuración actual, pero seguramente si celebran desde siempre la llegada del buen tiempo. 2) A los romanos se les dio regular vivir en Escocia pero, independientemente de eso, ellos no fundaron cada ciudad de Europa. 3) Los números existían antes que los árabes y 4) la gente era capaz de contar las estaciones (yo creo que Aristóteles sabia… puede que incluso Tales supiese) antes que los romanos, los árabes y seguramente antes del Homo sapiens.

Esto sólo es capaz de decirlo, mezcla de ignorancia y orgullo, la misma clase de gente que no concibe que existieran sindicatos socialistas en los Estados Unidos. Ni de que fuese allí donde comenzaron a pelear por reducir la jornada laboral de 16 a 8 horas. Y lo peor no es que lo ignoren, eso nos ocurre a todos con prácticamente casi todo. Es que se atreven a defender su ignorancia con “es imposible que…” y “no me creo que…”.

¿Cómo van a ser los americanos más progres que los europeos? ¿Cómo puede alguien saber contar antes de que los romanos, padrs de nuestra superior cultura, les enseñasen a hablar? ¿Cómo puedes llamarme ignorante, si soy el culmen de la civilización occidental? Yo se todo lo que hay que saber, y lo que no se no es cierto…

Porque, ¿qué han hecho los americanos por nosotros? Aparte de los acueductos, las calzadas, el derecho, la moneda y el latín… Pues lo mismo que los paganos…. estorbar.

Y, para terminar, no olvidemos lo importante: ¿No es realmente hermoso el cuerpo de una mujer a la luz del fuego? Y con el encanto extra de no estar haciéndolo a cambio de dinero.

¿Dónde más podría contemplar tal espectáculo?

¿Saben que en mi casa hay chimenea?

20/4/08

Veinte de abril del noventa.

Hola chata: ¿Cómo estás?

Hola a todas:

Desde que nació este blog supe que hoy colgaría una entrada. Hoy y el siete de septiembre. Es tan obligatorio como llamar al 3692230.

Y como en esa mierda de canción, vamos a hablar un poco del pasado. En concreto, del 20 de abril del 90.

Pero, antes de nada, una felicitación. Si alguna de ustedes vino al mundo tal día como hoy en 1990, enhorabuena. Hoy pasa a ser considerada legalmente adulta. Aprovecho y le/me informo de que yo, esta vez sí, podría ser su padre. Literalmente Lo cual es bastante deprimente, creo.

Bueno, a lo que iba: ¿Dónde estabas tú en el 90? En concreto, el veinte de abril…. No se acuerdan. Lo entiendo, no es nada fácil.

Sin embargo, yo lo se. ¿Por qué? Porque era un niño, no tan niño, bastante gilipuertas/empollón. Que cuando se cayó el muro (el de Berlín), aparte de guardar recortes de El Sol y El Mundo sobre tal evento, se creyó a pies juntillas que el mundo (el planeta, no el periódico) iba a transformarse radicalmente. Luego, claro, no fue para tanto. Por eso empecé un cuaderno en el que anotaba al principio como cambiaba el mundo, luego como cambiaba mi vida y al final absolutas idioteces. No es un diario, porque no hacía meditaciones ni filosofías... sólo escuetas anotaciones, datos (por pereza, como no).

Por eso puedo saber, a día de hoy, con bastante exactitud, cuantos viernes pasé en el BK en el segundo semestre de octavo. Y las notas que saqué en los exámenes. Y la comida del día de mi cumpleaños (espárragos y rollo de carne picada). Y de casi todos los demás días (por eso se que mi gordura no se debe a una dieta desequilibrada, sino a excesos cometidos contra una bastante equilibrada).

¿Qué hice el 20 de abril? Pues les cuento lo que está reseñado:

Primero, dos pajas.
Segundo, tuvimos gimnasia de tres a cuatro.
Tercero, era viernes... e íbamos a jugar una partidilla de rol en casa (sí, terriblemente terrible).
Cuarto, estaba peleado con el tipo que ahora me hospeda, por disputas sobre un trabajo que teníamos que entregar en sociales (al final yo hice un trabajo sobre la guerra civil y él sobre la mundial, o al revés). No recojo los motivos exactos.
Cinco, el día anterior, según salimos de judo, confesé al más rubio de mis mejores amigos que estaba enamorado de una (moza) de mi pueblo, con la que había hecho por coincidir durante la recién concluida semana santa (que fue como las anteriores, de bici, torrijas y recogida de cardillos con un suplemento de dos procesiones, pa pegar hilo con tal moza). Estaba enamorado de ella desde hacía varios veranos, y varios más me duró la tontuna. Recuerdo muy bien, en este sentido, el anterior (el del 89), con su “Gimme hope Jo’anna”, su “culpa fue del chachachá”, su “a bailar, a bailar” y sus conatos de frotarse en la lambada... el despertar de la carne.

Desde luego, una vida interesantísima la de los trece años.

En fin, el idiota del Cifuentes echaba de menos el pasado en la canción. No sólo él, todos de cuando en cuando echamos de menos el pasado. Ustedes, yo, mi pescadera... porque la memoria lo maquilla en dulce. Y ahora viene lo de los experimentos: siempre me han fascinado los trabajos sobre la memoria en la que uno no recuerda, p ej, aquel año de balance económico funesto... O aquellos en que le dan un ligero shock eléctrico a una rata en el momento de “recordar” una tarea muy asentada y la pobre la olvida (se acabó la comida al bajar la palanquita). La memoria se modifica cada vez que la usamos... pero eso para otra vez. Ahora vamos con lo de echar de menos el pasado.

La nostalgia está bien, pero con cautela (lo dice uno que subtitula con canciones de antesdeayer).

Porque respecto al como miran al pasado podemos distinguir dos clases de personas. La gente que cree que lo mejor de su vida ya ha pasado y la que aún cree en el futuro y piensa que lo bueno está por venir. Esta sensación, me parece, cambia a las personas. Implica una serie de comportamientos y actitudes que afectan más que ninguna otra creencia a cómo vivimos. Desde luego uno tiende a pasar del segundo al primer grupo según envejece... es muy fácil que la vida te depare aún grandes cosas cuando tienes trece. Y, sobre todo, es muy fácil que te lo creas.

A mi me parece que lo mejor sería no dejar de ser de los que miran al mañana creyendo que nos depara algo maravilloso. Y no hablo del piterpanismo, eh, no me refiero a seguir viviendo como si el tiempo se hubiese detenido. A lo que me refiero es a dejar que la vida continúe, con sus hipotecas, su curro rutinario y su polvo bisemanal. Pero dando una oportunidad a mañana de ser mejor: ¡No se vayan todavía, que aún hay más!

La vida no lo pone fácil. Pero yo intento esforzarme en no mirar atrás con demasiada añoranza, porque hacerlo es empezar a rellenar la solicitud del geriátrico. Así que mi recomendación hoy es que no se caigan en el "cualquier tiempo pasado fue mejor". Que esos son muy coñazo en las conversaciones.

Aprovecho, además, para pedir que olviden esa canción. O al menos, no la tarareen. Sustitúyanla por “Sólo se vive una vez”, otro gran éxito de aquella época.

O, mejor, por “Los amigos de mis amigas son mis amigos” (vaya lío, sí).

18/4/08

Casarse en el XIX.

Me he comprado un piso, un coche japonés… y aunque tengo todo no me siento bien.

Hola a todas:

La universidad de Cambridge ha tenido a bien publicar muchos de los documentos que dejó Charles Darwin en su página web. Hay, claro, cosas interesantes (nada revelador, más bien curiosidades a estas alturas) en las que indagar. Pero ha llamado mucho la atención un listado de los pros y los contras sobre el matrimonio que Darwin redactó con 28 años, recién vuelto de un viajecito a Sudamérica. Parece una de esas listas de “qué hacer antes de los 30”. Tan naive y tan simple como la que podía haber redactado yo. O alguna de ustedes. Eso sí, al final el hombre se casó y trajo un buen puñado de hijos al mundo (bueno, su mujer/prima hizo casi todo)

Entre los pros están las siguientes poderosas razones:
- se pierde la libertad para ir donde a uno le plazca (p.ej. a las islas Galápagos)
- también se pierde uno grandes conversaciones con hombres brillantes en los clubs
- hay que visitar a parientes (de ella, se entiende)
- los gastos y los problemas que provocan los niños
- hay discusiones, muchas veces por fruslerías
- se pierde mucho tiempo
- uno no puede uno leer por las noches (bueno, esto es una pega según el por qué)
- se engorda (sin casarse también, me temo)
- genera ansiedad y responsabilidades
- se tiene menos dinero para comprar libros

Y a favor del matrimonio, tenemos lo siguiente:
- tener niños (que salen caros, sí, pero son divertidos)
- la compañía constante, sobre todo cuando uno llega a viejo
- tener un ser amado con el que uno puede jugar (mucho mejor que un perro, y esto lo dijo él)

Resumiendo: en lo malo, la pérdida de independencia y de libertad de acción (para leer, viajar o ir a los bares). Y en lo bueno, terminar con la soledad (con hijos y con perros).

¿No es por esto que no nos casamos hasta los 29,6? (31,8 nosotros)
¿Ni por lo que no nos reproducimos hasta los 29,3?
¿Ni por lo que vivimos con nuestros padres hasta los 31,3?

Razones para el XIX y para el XXI.

13/4/08

¿Libres?

No hay condiciones a mi libertad, hago cuanto quiero con facilidad.

Hola a todas:

Sí, otra vez con lo mismo.

La última vez era “la libertad gusta, pero jode”. Y “quizá me sería más fácil buscar canicas de colores entre toneladas de mierda que en tarros de canicas”. Y “la libertad está sobrevalorada, en relación, al menos, con la felicidad”.

Me va a entretener mucho más lo de hoy. Y es que alguien, que no sabe leer muy bien, anda diciendo que la ciencia se está acercando a negar el libre albedrío. O, al menos, a ponerlo en entredicho.

Todo viene por aquello de que las áreas del cerebro responsables de ejecutar una decisión se activan bastante antes de que el individuo pueda declarar haber decidido. Es decir, que la decisión está tomada antes de que el individuo sea consciente de ello.
No se por que ha sido tan sorprendente para algunos, cuando los experimentos de Libet ya nos decían a principio de los 80. Sin TAC, pero con electrodos, que viene a ser lo mismo (detectando actividad no autorizada en el cortex prefrontal… ¿abrimos fuego?).

El por qué se puso tan en entredicho entonces, en general, y por qué resulta tan impactante ahora es (ahorrándonos justificaciones tecnológicas) porque hemos heredado, del catolicismo y de Descartes (por poner dos ejemplos), una separación clara entre cuerpo y conciencia (antes conocida como alma). Y todo lo que lo contradice nos asombra/molesta.
La verdad es que Descartes, San Agustín y todos los que publicitan esa dualidad no dicen nada que no creamos, en mayor o menor medida, cada uno de nosotros. Y es que lo que sentimos que somos, lo que mejor percibimos, nuestro “alma”, nuestro mundo interior, nos parece muy diferente de nuestro cuerpo, que, a su vez, no parece muy diferente al resto de los cuerpos.

Por eso nos cuesta admitir, a veces, que las hormonas determinen nuestras acciones, que las enfermedades psicológicas son tan enfermedad como pueda ser la úlcera de estómago o la falta de voluntad para dejar de fumar. Porque nos parece que son dos cosas separadas, nuestro mundo interior y nuestro cuerpo. Como digo, creerlo así es un modo, a su vez, de separarnos del resto del mundo “físico”… de los perros, los paraguas y las albóndigas con tomate. Eso está ahí, y una dimensión de mi persona también está con ellos. Pero otra parte de mi mismo, la “importante”, la más “valiosa”, es claramente distinta.

En fin, para mí no hay duda: el alma es una chorrada. Nuestro cuerpo es lo que somos, ni más ni menos. Y nuestro “espíritu” emana de él, como la saliva o los suspiros. Y este descubrimiento (o, mejor, esta confirmación) no hace más que ahondar en el asunto, demostrarnos que el cuerpo “decide” antes de que el alma pueda abrir la boca.

Por otro lado, estos experimentos no niegan el libre albedrío. Sólo niega la conciencia del libre albedrío. Es decir, lo matizan: la decisión la tomo igualmente yo, pero no soy consciente del proceso mientras la decisión se toma. Lo soy un poco después.
La primera divertida consecuencia de esto es pensar que los argumentos, cuando externos (lo que me dice mi abuela, mi jefe o el psiquiatra) se introducen en el proceso de toma de decisiones cuando, posiblemente, la decisión ya está tomada. Claro que se puede reiniciar el proceso otra vez, y tomar una nueva decisión considerando los nuevos puntos de vista… pero la introducción de argumentos nuevos siempre tiene cierto simpático retraso que deja huecos a la “imposibilidad de impedir”. Sobre todo si la decisión es “de acción” o, dicho de otro modo, imposible de corregir una vez tomada. Como un beso espontaneo o una puñalada entre la tercera y la cuarta costilla. Tú ve hablando… que yo ya estoy en ello.

También me divierte pensar si todas nuestras decisiones no serán más que “racionalización”: yo hago esto (ligar con tu amiga, comprarme un coche nuevo, disparar a quemarropa) porque “me lo pide el cuerpo”. Y, mientras tanto, mi conciencia ya me/se busca unas razones: que si la relación ya la ha dinamitado ella, que si consume mucho, que si nos iban a delatar…

En cualquier caso, que nadie se agarre a que no puede elegir para justificar(se) su sufrida vida. Este lapsus entre elegir y saber qué elijo no imposibilita tomar decisiones. Todos podemos elegir. Incluso los que elegimos “no tener que elegir”.

Y ya les dejo, disfrutando de mi libertad, esa que a veces satisface, a veces aburre y a veces duele. Ya me empiezo a creer que necesito un punto fijo, un suelo, un objetivo claro. Un puntito de gravedad... un jefe y una novia que me roben tiempo, como dicen los demás que les pasa. Algo a lo que culpar de mis avatares, de mi atareada vida. Que signifiquen algo contra lo que pelear o a lo que complacer. Y que me hagan volver a respetar lo que es obligatorio, lo común. O acabare lunes, martes y demás al sol...

Y es que, como decíamos ayer, la libertad hace poco más que libre. O, mejor dicho, me hace poco más que libre.

También soy buen ejemplo de que pensar demasiado en el sentido de las cosas que uno hace y quiere y por qué uno las hace y las quiere suele tener consecuencias grises, que enturbian, que quitan las ganas.
Se exprime uno el cerebro intentando entender y el resultado es, al final, tan banal, tan deprimentemente común, tan biológico...

Porque, si somos cuerpo… ¿qué cojones espero yo que me pida el cuerpo?

Pues lo que necesitan todos los cuerpos.

4/4/08

La libertad os hará.... ¿libres?

Nada que me ate, para siempre en libertad.

Hola a todas:

Afirmación valiente y gratuita: Soy la persona más dueña de su tiempo que conozco.

No más que un jubileta de los que decoran las obras, o que un multimillonario que viva de las rentas (pero no de los que dirigen corporaciones o tienen que ir a la presentación primavera-verano de Galiano). Pero mucho.

No doy cuentas a nadie de mi trabajo, más que ante mi propio cv, y se queja poco (de momento). Ni tengo una hipoteca a la que rendir mensual tributo, ni una boca que alimentar, ni que ver los sábados a las amigas de mi novia.
No siento obligaciones, porque he perdido el respeto a las mías (a las mías y a las de todos: al trabajo, al dinero, a la decencia….)
De cada dia casi todo mi tiempo es mío, que es lo que siempre he buscado, lo que siempre he querido. Pa no morirme pensando “qué de tiempo he malgastado” sino “qué de tiempo me dio la gana malgastar”.
El merito no es solo mío, no crean. Mis exnovias también han hecho bastante por la causa.


Tan libre…


Y saben lo que hago con mi tiempo: pues ordinarieces como ver la tele (Studio 60 es una gran serie), leer novelas rollo "intelectual" y reprocharme a mi mismo esta inercia. E intentar echar un polvo (otro). Todo sea dicho.

Vamos, que no soy más feliz que ustedes. Ni menos.

Lo que me trae a la cabeza una conversación muy poco grata que disputé hará un año, que versaba sobre temas completamente ajenos a este post, pero en el que dimos muchas vueltas a lo siguiente: a los occidentales nos parece que no hay felicidad sin libertad.

Yo estaba en el bando del sí. En el “se puede ser feliz no siendo libre”. En el “las decisiones tomadas con completa libertad no nos hacen, necesariamente, más felices que las que nos vienen dadas”. Aunque casi todo nos creemos que elegir es imprescindible, que no se puede ser feliz cuando no hay libertad (esto es, la libertad como condición necesaria, aunque no suficiente, para ser feliz).

Mucho menos me creo, porque es menos creíble, que la libertad HACE feliz. Casi me atrevo a decir que más bien al contrario: los experimentos que la psicología experimental ha hecho sobre el tema nos muestran que cuando a alguien se le da la opción de elegir libremente cada día, sin que tenga mayores consecuencias, no puede dejar de pensar en ella, no da la situación por concluida... y eso le hace infeliz (genera estrés, tensión, y ocupa mucho hueco en la cabeza). Y eso que la decisión que toman es una chorrada, como el cambiar el marco de una foto o el color de un coche. Imaginen libertad total para cosas más graves, como cuantas horas trabajar al día, decidiéndolo cada día, o si vivir en Santander o en Oviedo, decidiéndolo cada semana.

Y es que ser libre es como las canciones del verano: una alegra, diez provocan el vaciado del local. Elegir en completa libertad, sin tener que pensar en las consecuencias, da dolor de cabeza.

No necesito la psicología experimental para que me diga eso. Ya lo vivo yo tarde a tarde, viendo a Chandler no haciendo de Chandler. Ahogado en dudas y, a la vez, contento de estarme ahogando.

Así que no se engañen, tener más libertad no les haría más felices… necesariamente.

21/3/08

Mi pasado me condena.

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.

Hola a todas:

Hoy es viernes santo. Es una vergüenza, pero no recuerdo si hoy murió Jesucristo, hoy le enterraron, hoy resucito u hoy se lavó las manos Don Poncio. Una vergüenza solamente por el dineral que mis padres se gastaron en añadir a mi cv doce (se dice pronto) cursos de religión, año tras año, pradrenuestro tras padrenuestro. Es lo que tiene la información arbitraria: cuando dos conceptos se unen sin lógica ninguna es fácil que se borren de la memoria (aunque algunos también perduran inútilmente, como la lista de las preposiciones castellanas, incluida so, o el "clavelitos").

Sea como fuere, hoy es día de sufrir. No tanto por lo que pasó (o dicen que pasó) hace veinte siglos, sino porque la semana santa en Madrid es garantía de soledad total. Al contrario que en navidad, que cuando vuelves las autoridades ponen las calles y tu casa abarrotadas, ahora sólo te reciben soleadas avenidas vacías, torrijas a tres euros en las pastelerías y muchos sitios para aparcar.

La soledad hace pensar. Y a mi me suele dar por pensar en pasado.

La verdad es que este post (el título y la canción subyacente) no lo había pensado para referirlo a mí. La idea era hablar de lo siguiente: aunque corrijas las razones que una mujer sostuvo para explicarte (y explicarse) por qué te dejaba, eso no tiene ABSOLUTAMENTE NADA que ver con que esa mujer quiera volver contigo. Es decir, al pasado no se puede volver. No hay marcha atrás. Cuando dos países desarrollan armamento nuclear la solución a la tensión nunca es desarmarse, nunca es volver al estado anterior. Siempre es dar un paso adelante, crear satélites antimisiles, muros de xenofobia y patriotismo o confusos tratados de desarme parcial.

Hoy es hoy, y ayer ya no es (ni será) nada.

Pero, al final, el post va a ser para mí. No sobre mujeres, sí sobre vueltas al pasado.

He vuelto, circunstancialmente, a Madrid. Madrid es muchos sitios, entre otros mi universidad. Y me está resultado más desagradable que agradable. Y es una sensación que no esperaba (esperaba encontrarla tan acogedora como vive en mi recuerdo). Lo bueno es que he encontrado la fuente del desasosiego: mi yo del pasado, lo que él fue, las sensaciones e ideas que dejó. Tras tantos años en esta institución me han (se ha) creado un rol, un papel, mediante el cual los demás me comprenden y al que yo me adapto.

Pero el traje ya no me gusta. En algunos sitios me tira, a punto de estallar. En otros está dado de sí, me tapa cosas que necesito que se vean. Pero lo que más jode es los sitios en que se ha quedado corto, las vergüenzas que ya no es capaz de tapar.
Aquí soy lo que fui, lo que todo el mundo sabe que era, para lo bueno y para lo malo. Y nadie ve más allá de esa imagen, gordo, afable pero irascible, inteligente y perezoso, maleducado y bienintencionado y con gafas.

Y yo ya siento que soy otra cosa. Que no todo lo que se sabe de mi se debería saber. Y que hay cosas que quiero que se sepan que nadie escucha.

Todo es culpa mía, lo se.
Bueno, mía no. De mi yo del pasado.

No quiero ser más lo que fui. No quiero volver a amoldarme a ese traje. Aunque en el fui muy feliz mucho tiempo. Pero hasta que me lo he quitado no me he dado cuenta lo incomodo que estaba y lo mal que me sentaba. Así que lo colgué, lo lavé y lo puse a ventilar. Pero ni por esas. Nadie ve más allá de lo que han venido viendo doce años.

Por primera vez entiendo esa satisfacción norteamericana de volver a empezar, de poder inventarte de nuevo, de mentir a los demás y ti mismo tanto como quieras o te permita tu personalidad.

Claro que no soy tan distinto a lo que fui. Evidentemente. Nada cambia tan rápido. Pero lo que más se nos parece es lo que más se odia: a tu hermano dos años menor. Como se odian serbios y montenegrescos. O la Esteban y la Campanario.

En fin, que volver ha sido una estupidez. Estupidez que, por otro lado, se volverá a repetir.

17/3/08

Adjetivando de nuevo.

Que no sea muy malo... Que no sea muy bueno....

Hola a todas:

Hoy abrimos con dos reflexiones ajenas.

Las personas malas no son las que no se sienten mal cuando hacen daño a los demás. Son, simplemente, las que te hacen cosas malas.

Las personas buenas no son las que no se sienten entupidas o ridículas o avergonzadas cuando se preocupan por alguien o por algo. Son, simplemente, las que hacen cosas buenas.

¿Se es menos malo si te sientes un cabrón cuando jodes la vida alguien?. No, yo creo que se es incluso peor. Porque los remordimientos indican que se es consciente de la vileza y, por tanto, se podía haber evitado.

¿Es menos bueno quien se siente un imbecil cuando ayuda a alguien? Menos bueno, no. Eso si, casi seguro que es un imbecil (pero de los que caen bien).

Lo sé: es muy simplista. Hay mil detalles... desde el marco temporal en que se emite el juicio (a lo madre: comete las lentejas o no te levantas de la mesa... hoy mal, mañana sin escorbuto), el relativismo moral (a lo Daredevil: si detengo a este tipo su familia no tendrá nada para comer) o la posibilidad de hacer daño a alguien para favorecer a otros (a lo Trichet: bajar el euribor y que se dispare la inflación). Temas todos ellos muy interesantes, pero no son de mi incumbencia. Yo sólo quiero hablar de como juzgamos, no quiero juzgar.

Lo primero que nos hace falta es una vara de medir. Cada uno tiene la suya (algunos tienen varias). Un referente que te orienta, que te dice "si haces lo que yo digo eres de los buenos; si me contradices, de los malos". La adecuación puede ser más o menos elástica, según uno admita mejor o peor los tonos grises, según valore los confusos debates del párrafo anterior. Pero en general se tiende a la fotocopia, al B/N, a ceñirse a la letra escrita. Las religiones monoteístas son expertas en este "o conmigo, o contra mí". Quizá porque es más fácil referir a puntos fijos, inmutables, todo se llena de esta clase de divinidades opuestas: o con la ley o contra ella; o con lo políticamente correcto, o contra ello; o con el trasvase del Ebro o contra Cataluña; o con Luís o contra España...

Una mierda, sí, pero es lo que preferimos/necesitamos: Reglas fáciles, juicios fáciles, condenas fáciles. Todo fácil, claro y limpio. Cuando parece mucho más divertido el politeísmo... con Zeus y Apolo, pero contra Atenea... con Aguirre y Acebes pero contra Gallardón....

Todos a coro: ¡Muerte al bipartidismo!, ¡Al yin y el yan!, ¡Al normal y al freak!

Y después de esta estéril ronquera, volvamos a lo de una ÚNICA vara de medir (que matizar cada juicio es un rollo). Nuestra vara de medir nos permite adjetivar, juzgar como egoísta o altruista, como caliente o frío. Porque los adjetivos colocan lo calificado en una escala. La escala puede constar únicamente de dos grados (vivo y muerto, por ejemplo) o de muchos (los siete colores del arco iris, y hasta 200 más si eres mujer, 35 si eres hombre), aunque estos siempre se pueden descomponer en una sucesión de pares mutuamente excluyentes (algo verde es, a la vez, no negro, no azul, no morado... y así 31 o 196 veces más).

Pensemos ahora en cómo escoge cada uno el punto de referencia (no pierdan entre tanta cháchara que hablábamos de ser bueno o malo). Se me ocurren dos opciones:

a) respecto a una media (subjetiva) de la población a la que nos referimos. Es decir, cuando le dices a alguien que es alto no quiere decir que sobresalga de los fresnos, quiere decir que, dada una media (subjetiva) de la población, esta persona está por encima de esa media. Respecto a lo de ser bueno o no, sería algo como: si dividimos la población universal entre personas buenas y malas, tú te quedarías en el lado de los que se van al paraíso, cuerpo y alma, a disfrutar pasa siempre de placeres no carnales.

b) respecto a un referente abstracto, un ideal. Esto casi siempre vale para las valoraciones del espíritu, como justo o cruel, pero también para juzgar príncipes azules ("eres demasiado moreno para ser mi novio"). En estos casos cuando se dice que eres buena persona se piensa en cuanto te acercas al "ideal" de bueno. La escala en este caso no la define la observación, la define ese "algo" al que me he referido al principio: un dios, unas leyes más o menos escritas, un puerta de discoteca...
Por cierto, con este criterio creo que casi todos somos malos. Malísimos.


¿Nos importa algo todo esto?

Pues, por lo que se ve, a algunas sí.

A ellas les diré, como guía espiritual (para la tranquilidad del mismo), completamente gratis y sin efectos secundarios, lo siguiente: No pregunten lo que, en realidad, no quieren saber.
Porque hay gente que no sabe no responder a cuestiones de gran calado como ¿Crees que soy una persona inteligente?, ¿Has estado con alguien desde que lo dejamos?, ¿Estoy más gorda que cuando me fui a Suiza? o ¿Te lo follaste en nuestra cama?. Que sí, que lo indiscreto es la respuesta y no la pregunta. Pero no se puede andar pidiendo todo el rato a los demás que mientan/sean discretos por uno (esto hay que reservarlo para las excusas tapa-cuernos o para cuando faltas dos días a trabajar).

Y, como cierre, oigan lo que oigan estén tranquilas. Con toda seguridad son todas ustedes buenas. Muy buenas.




PD (mi primer post data):

Vuelvo por aquí, sí. Es que me ha escrito un mail una persona que se declara lectora asidua (¿?) y noctámbula, añado. No estaba indignada, simplemente quería saber si el críptico final deja caer que creo que todas las mujeres son malas.
No, apreciada amiga, está en femenino porque encamino mis textos al abundantísimo público femenino. Pero en realidad quería decir, "Con seguridad son todos ustedes buenos. Muy buenos.", entendiendo el masculino como el genérico del castellano. Y lo digo porque:

a) Creo sinceramente que todo el mundo es bueno. Aunque la realidad se emperra en llevarme la contraria (pero son casos puntuales).

b) Todo el mundo SE CREE que es bueno (por aquello de que todos nos vemos siempre un poco por encima de la media).

c) El masculino no permitía el juego de palabras de usar el "muy buenas" tanto como asentimiento de lo previamente expuesto como de despedida.

No es mi política contestar a los lectores airados, pero es que esta señorita ha sido muy divertida y muy simpática (y me ha preguntado si podríamos quedar a tomar un café).

9/3/08

Lo que tu y yo sabemos.

¿Cómo preguntas si tenemos algo en común?

Hola a todas:

¿Han vivido alguna vez una de esas situaciones en que se entienden instantáneamente con un desconocido sin tener que decir nada? ¿No es fascinante?

El otro día, restaurante en Edimburgo, dos españoles (uno de ellos de esos que está en la parra), un italiano y un japonés. De pronto, cruce de miradas... tu a mí, yo a aquel. Efectivamente, la camarera está terriblemente buena.

Otro ejemplo de comunicación no verbal, en la misma línea, en Lavapies. Entran al kebab dos españoles (uno sigue un poquito en la parra). Por no mezclar colores y nacionalidad (o por corrección política) dire, mejor, que entran al kebab dos varones caucásicos, relativamente jóvenes. Y allí están el dependiente (que no camarero) árabe y cuarentón, dos guitarreros sudamericanos (edad imprecisa), un chino cenando sólo (edad más imprecisa) y entra un negro (veintipocos) vendiendo CDs. Sí, lo sé, parece un chiste de los que demuestran que, al final, el español es el más listo.
Mientras se ojean los CDs entra, esta vez sí, una mujer (también negra): Cruce de miradas, al chino, al negro, al camarero... silencio sepulcral. Acaba de entrar la madre primigenia, la más mujer de las mujeres, la hembra, la única... regalándonos su presencia. A ninguno nos cabía duda. Nada que decir, sólo hay que adorar.

Otro, que estoy embalado. Gabón, esta vez un solo español sin parra, saliendo del portal. Y enfrente una reunión de gaboneses. Y pasa un chica por la calle. Efectivamente, no se equivocan. Con las miradas a todos les quedo clarísimo lo que les parecía. Y les parecía bien.

¿Qué nos dice eso? Sí, que todos los hombres somos iguales (y unos cerdos). Pero, ¿qué más? Pues lo que ya sospechan todas, que tanto la universalidad de las miradas como la de los gustos nos quiere decir algo (no es que todos somos iguales más allá del color de la piel, no me sean ñoñas). Nos dice que, aún no habiendo comunicación explícita, ni una educación común, ni una misma tele que nos venda los mismos modelos, ni siquiera los mismos anuncios de cocacola, parece que a los hombres nos gustan cosas parecidas en las mujeres. Cosas que sabemos todos, que no explicitaré. Porque hoy lo que me interesa es la coincidencia. Y es que la constancia en gustos es apabullante, independientemente de donde saques al muchacho, rico o pobre, republicano o demócrata, azul o verde...

Hay algo "biológico" en esto, algo que lleva dentro de si cada ser humano... Casi todos pensamos igual pese a las muy diferentes vidas que hemos llevado, luego parece lógico pensar que esa comunión está en la materia de que estamos hechos (la materia humana). Hay quien defiende que esta concordancia no está en los genes, sino que es aprendida, una manera (¿injusta?) de ver a las mujeres que está en todas nuestras culturas. Y entienden las pocas culturas/los pocos señores que miran a las mujeres con otros ojos como ejemplos de que la visión general es cultural. Sin embargo es más sensato, creo yo, pensar que está en la naturaleza de los hombres y que sólo algunas culturas han sabido modificar estas preferencias, cambiar la "naturaleza humana".

Por favor, no confundan "natural" con "correcto". ¡No somos Rousseau! ¡Ni jipis!

¿Qué todos miramos más a las chicas jóvenes? ¿Qué sólo nos importa el ratio cadera/pecho y la tersura? ¿Creen que somos unos hijos de puta? ¿Qué fabricamos sufridos estándares con esa presión constante e inconcreta? Pues ahora viene lo mejor (se van a reír). ¿Saben que tal puntúan las chicas a otras chicas?. ¿Y dónde creen que reside su belleza? ¿Y lo homogénea que es esta opinión de mujer a mujer?
Supongo que por el tono y el orden de las preguntas se entiende que 1)las chicas puntuan a otras chicas peor que los hombres, 2)que las mujeres consideran bello más o menos lo mismo que los hombres y 3)la opinión es muy homogenea entre mujeres.

¿El juicio está en la naturaleza? ¿O ha sido aprendido por hombres y mujeres?. Yo creo que a, pero ¿qué importa? ¿Por qué interesarse si nacimos con ello o nos lo han colgado, si el problema es que la belleza, las miradas y los piropos caducan? Que no siempre seré objeto de los comentarios espontáneos entre desconocidos. Ni de los piropos desde el andamio. Ni de las envidias de las otras del bar.

No se inquieten. Siempre se puede confiar en el coche-escoba.

Y, mientras llega, déjense entretener con estos debates.

29/2/08

El ser, es. Y el no-ser, no es.

Así están las cosas, unas moradas y otras rosas.

Hola a todas:

Yo pensaba que esa frase era, solamente, el comienzo de una joyita de libro, muy recomendado para siestas a deshoras: "el ser y la nada". Pero me ha dicho el más griego de mis amigos que la frase es de Parménides, si no literal, en su esencia. La frase constata, básicamente, una soplapollez. Aunque se le pueden exprimir muchísimos pensamientos (desde "el ser es uno, inmutable y etc" a "el pasado no existe y etc" o "ese es el dilema y etc"). ¿Qué afirma, si la dejamos desprovista de la historia de la filosofía?. Pues que lo que existe es lo que existe (y, más interesante, que lo que no existe, lo imperceptible en ningún sentido, no existe).

Yo, por ejemplo, existo (con o sin solipsismo, escribo luego pienso, y por tanto existo...). Y aqui acaba la parte de filosofías (prometido).

¿Cómo de bien se nos da a los seres humanos decidir qué existe y que no?

Con los sustantivos es fácil: este tenedor, existe; El BBVA, existe; Mi vida sexual (fuera del solipsismo), no existe; Mi dolor de garganta, existe; Mi flamante descapotable negro, no, no existe... y así, días podíamos estar. La cosa se complica si hablamos de "cosas" que no tienen "cuerpo", algo directamente perceptible: el EURIBOR, la política de integración o el amor... Percibimos sus señales, pero estas señales se les pueden atribuir, a veces, a estos conceptos abstractos o a otros. Aún así podemos decir que existen, pero dan problemillas, porque podemos encontrar diversos individuos que no estén de acuerdo (por ejemplo, respecto a si aquello era o no era amor, pregúntenle a alguno de sus ex-novios).

El mismo problema dan los adjetivos: el descapotable es negro... pues según, igual es gris marengo. Y más complicado si hablamos de cuestiones difícilmente medibles (porque, a fin de cuentas, podemos medir, o acordar como medir, la negrura, lo caliente o lo doloroso... pero no lo flamante que es mi descapotable, excepto con encuestas de opinión).

Me estoy yendo por los cerros de Úbeda, lo sé. Y yo lo que quería era discutir la siguiente afirmación: ERES UN MACHISTA.

No digo yo que no sea verdad. Ni mentira. Porque, salvo que a alguien se le ocurra como medir tal cosa, nos tenemos que conformar con lo que me digan las encuestas de opinión. Preguntas, escuchas, te defiendes y, al final, te queda claro, si no lo que eres, lo que tus encuestados creen que eres.

Sin embargo, antes de que hable mi abogado, me gustaría darle vueltas a dos cosas.

Primera, la verdad como opinión. Uno puede decir: El chikichiki es un fraude, y bajo esto se lee: opino que es un fraude. Y se puede decir justo lo contrario y no ser necesariamente falso (en realidad es que opinas que no es un fraude).
Sin embargo no todas las afirmaciones son opinables, o no en el mismo sentido. Por ejemplo, el cuadrado de la hipotenusa es la suma de los cuadrados de los catetos de un triangulo rectángulo va a ser así, lo crea todo ser humano o ninguno (si hubiera otra mente que comprenda qué es un triangulo y pueda medirlo con sus patitas y meter los números en una calculadora podría contrastarlo). La negación de sentencias como esta lo que en realidad quiere decir es "opino que no has hecho correctamente la demostración matemática".
Con otras verdades "medibles" pero más "frágiles" que las que genera la matemática ocurre algo parecido: la inflación interanual no es del 4,5% quiere decir "opino que el cálculo que han hecho de la inflación no es correcto". O negar "a los hombres les interesa, sobre todo, la juventud de sus parejas sexuales" quiere decir que no se cree en los métodos realizados para hacer la encuesta, los cálculos estadísticos o en la estadística (como ciencia) en sí.

No vengo a defender que haya verdades innegables, todas se deben poder negar (algo es ciencia sólo cuando las hipótesis que afirma son falsables). Pero es importante entender en qué dimensión nos estamos moviendo. Uno puede intentar refutar, digamos, que la velocidad de la luz es (aproximadamente) 300.000 km/s... pero no mediante una encuesta puerta a puerta. Ni, muchos menos, diciendo "yo no opino lo mismo". Puedes opinar lo que quieras, pero es que no hablamos de opiniones, sino de medidas.

Volvamos a lo que discutía. A la afirmación "en la especie humana el emparejamiento monógamo dura, como media, 3,6 años" uno puede negarse con argumentos como "he leído el estudio y me parece que está sesgado" o "pues yo he leído/realizado un estudio parecido que contradice esos resultados" o, incluso, "mi experiencia en la vida no me dice esto" o "me estas mintiendo y te estás inventando el dato". Pero enrocarse en un "YO NO OPINO ASÍ" no cuestiona en ningún sentido lógico esta afirmación, porque esto tampoco es cuestión de opiniones, es cuestión de medidas.

Segundo (sí, aún queda otra parrafada, lo menos), la diferencia que hay entre lo que uno conoce o afirma y lo que opina. Si digo "las mujeres de mas de 35 años apenas tienen oportunidades de encontrar pareja" no quiero decir "las cuarentonas no me ponen" ni "no me extraña que no ligues, porque se te ha pasado el arroz".
Sí no lo ven claro, piénsenlo hablando de leones: "cuando un nuevo macho pasa a dominar al harén elimina sistemáticamente a todos los descendientes de su predecesor" Cuando alguien dice esto no sostiene, a la vez, "que sufran esas pequeñas bestezuelas la inoperancia de su progenitor" ni "ayudemos al nuevo y flamante vencedor y abatamos a tiros a esas malditas criaturas". Y, mucho menos, "y que sea así por siempre". Se que es difícil, pero creo que hay que saber distinguir “lo que ocurre” de “lo que me parece razonable que ocurra” (y, a la vez, hay que saber distinguir “lo que me parece justo” de “lo que a mí me conviene”… pero esto es otra historia).

Otra cuestión es que haya que sacarme los ojos de las cuencas por traer la noticia. Confundir el continente con el contenido, el mensajero y el mensaje, el barril y la cerveza, la poesía y el amor, el premio y la calidad...

Evidentemente tengo una opinión. La tengo y bien clarita. Pero el conocer datos de esta índole no implica que esté de acuerdo (o en desacuerdo) con las implicaciones que éstos puedan tener. Desde luego lo que conozco afecta a lo que creo, y viceversa. Pero eso no hace ni que lo que afirmo no sea cierto ni que vaya a cerrar los ojos si mis opiniones se demuestran falsas.
Si quieren saber si lo que veo me gusta, pregúntenmelo. Les diré, así, a modo de resumen, que preferiría que todo lo dictase más la lógica y el compromiso con lo que uno afirma que las veleidades hormonales. Ahí queda.

Que "los hombres casados no tienen menos relaciones con dos mujeres simultáneamente que los solteros" y "las principales características que interesan a los hombres son la juventud y la feminidad de sus potenciales parejas" jode, lo sé. Pero también es verdad que "lo que más realza el atractivo de los hombres es su situación socioeconómica" y que "uno de cada cinco nacidos no es hijo de quien cree ser su padre". Afirmo (afirman) las cuatro cosas, y afirmarlas no me hace feminista (ni machista)

¿Me gustan estas afirmaciones? Pues no. Pero habrá que saber, independientemente de que nos guste o no. Sólo los monstruos del armario desaparecen cuando cerramos los ojos. Al resto les gusta estar, aunque no miremos, y sonar al caer, aunque no escuchemos.

Como decía al principio... así están las cosas.

17/2/08

Triangulando.

Ella tiene todo por lo que dos hombres pueden pelear (menos un Cadillac).

Hola a todas:

¿No es maravilloso el triángulo? No me refiero al ridículo instrumento musical ni a lo que hacen, alguna vez, los multimillonarios futbolistas. Hablo del triángulo amoroso.

El triangulo, en amores, es como el trío, pero con tres ángulos. Y los ángulos, que maravilla, suman 180º. La suma es siempre, al final, un espalda contra espalda. Un tu contra mí, diez pasos, disparar.

Yo, como todos, he sobrellevado triángulos. Pero casi siempre del tipo "somos dos amigotes de toda la vida, aparece la Srta. A, que maja..." Y allí, debatiendo durante horas, yo enamorado, él respaldándome... "Yo creo que esta por ti", "Pues a mí me huele a muerto, pero es que me gusta mucho" "Pues a mí ni por dinero" y al final, trenecito: yo por ella, a ella le gustaba él (el otro él) y él, como locomotora, no estaba interesado más que en seguir hacia delante, en abrir horizonte.

Otro juego muy común, del que venía a hablar, es el de éramos dos, pero ahora somos tres y aquí es o pa ti o pa mi (o pa ninguno, al río). Es ese en que, habiendo inicialmente un segmento (dos amigos/as) aparece un vértice "dispar" y ambos extremos del segmento construyen relaciones con el nuevo punto. Hete aquí el triangulo (tres segmentos unidos por sus extremos). Pero si en una relación entre dos no hay equilibrio, como pensarlo entre tres. Sobre todo si una, o ambas, de estas relaciones "nuevas" tienen tintes románticos.

Es muy divertido de jugar, porque todos los que participan se "quieren", todos están interesados los unos en los otros y, llegado el caso, habrá que elegir. Y eso jode.

Resultados posibles del encuentro (liga masculina):
a) me la ligo yo: que mal rollo con mi amigo (como sufre, como disfruto... voy a solidarizarme y sufro un poquito por él, mientras ésta se va desnudando)
b) se la liga él: quiero matar a mi amigo (pero como "de toda la vida" me muerdo hasta hacerme sangre, le felicito y me acomodo al rol del que perdió)
c) no se la liga ninguno (esto puede ir desde el "nos pusimos tantas trampas que no queremos acordarnos ni de nuestros nombres" al "y lo celebramos juntos de pedo, para mayor gloria de los bares de dardos y la música heavy")
d) Nos la ligamos los dos. Esto abre grandes expectativas de drama. Lo más beneficioso es que sea sucesivamente, y aún así el mal rollo esta casi asegurado... pero mucho mejor que si nos la ligamos simultáneamente (salvo simpático trío, tu detrás, yo delante... y a coordinar).

Parece claro que casi ninguno de los resultados factibles, excepto si las cosas siguen el curso de los de la canción (brindaremos porque ayer nos separó ella), es muy sano para la sana amistad. Así que, ¿cómo se juega a esto cuando un amigo te viene con la de "Me he enamorado" y tu respondes "De la misma que yo"?
En el debate aparecieron dos soluciones. Unos me dicen que con fair-play... al primero que lo consiga, en una competición limpia, sin puñados de arena a los ojos ni dagas en la bota...

Pero yo no creo en el fair play. No puede haberlo. Porque es verdad que en el amor y en la guerra vale todo. Porque cuando nos jugamos nuestra reproducción (o nuestra supervivencia) toma las riendas lo más instintivo. Y a ese hay que mirarlo con respeto, que lleva ahí, dentro de cada uno, desde hace millones de años. Y no se va a parar a pensar en alguien a quien conoces hace ¿cuánto?, dos meses, quince años... que es eso comparado con los eones que han forjado a esa bestia...

Así que antes de hacer algo que envenene a mi amigo (más o menos literalmente), está la segunda opción, defendida por los más del hemiciclo: el pacto entre caballeros, la retirada digna del que se considera más probable perdedor. Se miran los samuráis a cada lado del puente y se cede el paso al más poderoso.

¿Cómo se evalúa eso? ¿Buscamos un auditor externo? ¿Medimos nuestras fuerzas siendo groseros frente a la dama (y comprobando si se ríe y cuánto)? Pues nada de eso deja las cosas claras nunca (no hay más sordo...), así que volvemos a lo de antes, al fair-play (qué para eso somos amigos).

La cosa se me escapa mucho más cuando hablamos de mujeres. ¿Si ud. y su amiga se enamoran del mismo tipo, qué parece que les hace bastante caso a las dos (no es de extrañar esta dualidad masculina), cómo se procede? Yo me inclino por la guerra a hurtadillas... pero quién soy yo para pretender entender la mente femenina... Así que, sin pudor, opinen. Por favor.

Y, mientras salimos de dudas, ahí les dejamos a los dos, mirándose a cada lado del puente. Toda esa agua y ellos en sequía. Y con el calor que da la puta armadura.

9/2/08

Venta on line

Te puedo dar todo -añadí- excepto entusiasmo

Hola a todas:

Seguro que lo han intentado. Si están aquí y han llegado por el título, lo habrán intentado. Yo también. ¿Quién no? En estos tiempos...

Las páginas de citas.... ¡vaya inventazo!.

Y qué, defraudadas ¿no?. Yo diría que el descontento es generalizado, sobre todo si lo que se buscaba era "amor" y no conocer gente que necesitaba que le escuchasen/tomar haloperidol o, los más afortunados, llevarse a casa un polvo deseado pero repentino (normalmente con algún "extra", tipo elevalunas eléctrico o llamadas fuera de lugar y tono un mes despues).

Se que hay gente que se ha conocido, casado y divorciado gracias a la red. Pero, sospecho, la incidencia real es mínima. Porque, como decía el menos intuitivo de mis mejores amigos, si nadie te quiere, por algo será. Y si tienes que buscarte las castañas en internet, por algo será. Quiero decir, con perdón de todas ustedes, que me parece que en ligar en la red nos refugiamos todos los que tenemos/sentimos taras (normalmente emocionales). Y dos medios casi nunca suman un entero (y, mucho menos, dos enteros).

Insisto, estoy hablando de gente buscando amor, no de "casado de 34 harto de la vida en pareja busca mujer en igual situación para sexo esporádico y sin compromiso: abstenerse latinas".

Les cuento tres casos. No son los únicos, sólo los más reveladores, de la temporadita que llevo jugando a esto. Empieza, claro, con un anuncio en el que canto mis virtudes y, sobre todo, en el que especifiqué: no relaciones electronicas. A mi lo que me interesa es frecuentar el "mundo real", no vivir grandes experiencias sentado en mi habitación... Así que buscaba directamente una cita, o unos mails y una cita. Y, contra mi propio pronóstico, no fue mal. Seis en dos meses es buen ratio: es más de lo que he logrado nunca siendo simpático con una chica en un bar de copas.

Caso 1: Treintañera, que no estaba buena pero no le diría yo que no. Quedamos en una tetería/clon francés del Starbucks en la calle Alcala... Maja, pero insulsa. Estuve una hora hablando, dado que ella no parecía conocer mi idioma. Al final le sonsaqué cuatro cosas: trabaja en telefónica móviles (en ventas internacionales, creo) y se está comprando un piso en Montecarmelo y su exnovio se llama Joaquín y se parece a Hugh Grant... vamos, que me pareció tan interesante como los calcetines rebajados de Carrefour (tres pares, de colores diferentes, 1,50€). Se lo expliqué -no con estas palabras- y tan amigos (o, más bien, si te he visto ni me acuerdo). Más sosa que el tofu, y eso que en el perfil ella quería probar esta cosa en el mismísimo Japón (¿no es chino?), y le encantaban los libros de Martin Amis y el jazz...

Caso 2: Una tia majísima y divertidísima con la que me crucé siete mails antes de verla. Muy maja, majísima (insisto). Y muy gorda, gordísima. Pero mucho. Yo no había visto su foto -pa que; si una dice que se siente guapa y es camarera de un bar de copas no será tan grave la cosa- y me quedé impresionado/congelado. Yo no soy un Adonis -pero nada comparable-, así que estuvimos un buen rato hablando del rechazo que sufren (¿sufrimos?) los gordos, con humor y un poco de negrura en el corazón. Y luego de pelis de los Cohen, de ahí a Cormac McCarthy, de ahí a vivir en un estado del sur de los USA y de ahí a los juegos de mesa. Una tía de puta madre, sí, pero -y jamas pense que diría algo como esto- físicamente, ejem, me repugnaba... Y así, siento decirlo (lo siente sobre todo mi parte bienpensante o politicamente correcta, según se mire) no hay manera. Pero, insisto, es una tía de puta madre (¿quieren su teléfono?; también necesita amigas...). Además, en una maniobra patéticamente enternecedora y amarga, se ofrecio a chuparmela.... por si hay algún lector masculino, al que DE VERDAD no le importe el aspecto fisico o, en el peor de las casos, no tenga alma).

Caso 3: A esta no me la quería ligar, queria que me prestase ayuda en una serie de experimentos (que otro día explicaré, porque no viene al caso). Me fui a verla hasta Aranjuez, me tome un café con ella y la escuché. Parecía maja y rara, dando mucha chapa con que le gustaba la fotografía. Haciendose la interesante pese a ser secretaria dedicada exclusivamente a tareas domésticas, pese a vivir con sus padres y pese mentar a su reciente ex (bajo el apodo de "el cabronazo") una vez cada dos minutos. Quedamos en que me echaría una e-mano en mis e-experimentos y yo ya me iba cuando me dice que si quiero ver sus fotos. No muy convencido, quise verlas. Y no va la loca y en su portal se tira a hacerme una mamada (debe venir bajo el epígrafe "solución" en el manual para mujeres desesperadas). Podría haberme resistido, claro. Pero ¿para qué?. Así que me dejé mamar primero y arrastrar a su casa despues, a echar un polvo surrealista rodeado de retratos de sus abuelos y (de cientos) de figuritas de las que ejercen de premio en los roscones. Un polvo, entenderán, más "ya que estamos aquí" que "menuda suerte he tenido". Y aún nos quedaba lo mejor: pues no va, según acabamos, y me dice a) que me tengo que ir casi con el calzón bajado, que sus padres están al caer y b) que está enamorada de mí. Lo mejor es que me libré de ver las fotos. Lo peor es que me quedé sin ayuda para los experimentos.

¿Qué hemos aprendido? Pues, creo, los límites a lo que se puede esperar y, también, a como buscarlo (o no buscarlo).

Supongamos que las páginas de ligar (o pagando o sin pagar) contienen algo más que gente buscando sexo facil o cariño deseperadamente. ¿Cómo anunciarse?, ¿cómo buscar?

1- La pinta importa, así que empezamos con los descartes "estéticos", que hasta hace bien poco me parecían terriblemente injustos (sobre todo conmigo) y a los que ahora tengo un poco más de respeto. Si están anunciandose, les comentaré una cosa: No se tengan miedo, son más guapas de lo que se creen. Si son ustedes de sexo masculino, tampoco se tengan miedo: a lo largo de los siglos nuestra pinta no ha sido lo importante.... y esto aún guarda algo de verdad. En general parece que, quizá por el grado habitual de deseperación y soledad, con cumplir minimamente (es decir, que sea fisicamente posible mantener contigo una relación sexual mirandote a la cara) suele bastar para que te hagan un poco de caso. A mi me lo han hecho.

2- La idiotez de la "compatibilidad". Parece ser que a las personas les gustan Los Planetas, jugar al tenis y la comida kurda les apetece más emparejarse con los que tienen las mismas insólitas pasiones. ¿Creen que no? ¿Entonces por qué todos tendemos a actuar como si fuera así? No centren su búsqueda en gente "aparentemente interesante". Normalmente uno emite largas listas de intenciones/deseos/gustos/lugares comunes que no dicen nada de uno mismo. ¿Me llevaré mejor con un lector de Josep Pla que con un fan de Terry Pratchet? ¿Me gustan más las mujeres que escuchan a Bunbury que las que prefieren a Macaco? Pues, la verdad, en mi vida veo, día tras día, que no. Lo que nos gusta no es lo que nos define a ninguno.

3- Eviten a los locos. Bueno, eso es dificil de conseguir, sobre todo si damos por buena la premisa que enuncié al principio de este post: los que venimos por aquí estamos todos tarados. ¿Qué hacer entonces? Pues arriesgarse, no va a haber más. Y esperar que con quien nos topemos no se traiga ningún trastorno irremediable de la personalidad escondido en el bolsillo.

En definitiva, ¿cómo buscar?. Pues yo les diría que con olfato. O, mejor, que no pierdan mucha vida buscando y, más bien, tiendan a conocerse lo antes posible. El número de violadores y asesinos de la red no es mucho mayor que en la calle. Y somos pocos.

6/2/08

Juan, ¡Sigueme!...

Me pone, se quita, me dice "cosita". Y, a veces, ¡se excita!.

Hola a todas:

¿Saben sobre qué va a tratar este post? ¿No?

Es que incluir la palabra puta en el título me parecía, digamos, injusto. No tengo interés en multiplicar el número de visitas a este blog por esa razón espuria.

¿No saben por qué digo esto? Es que la cantinela sigue con "...vamonos de putas".


Bien, de entrada, que sepan todas que no soy un putero. De momento.

Lo digo porque se que no ayuda a caer bien, dificulta la tarea de ligar. Es como explicar que a uno le gusta la taxidermia o comer zarajos: quita puntos. De hecho, bien pensado, el mero hecho de ir a hablar de esto ya me va a quitar puntos. Pero bueno, ligar no lo es todo (siempre nos quedan los zarajos).

A lo que iba: Que no lo soy. De momento.

Porque, ¿a quien no se le ha pasado por la cabeza solucionar así un largo periodo de sequía como el que nos ocupa? (por favor, levanten las manos caballeros, que me están haciendo quedar fatal). Bueno, pues fíense de mí: se nos ha ocurrido a casi todos (los hombres, o al menos a los hombres que viven sequías). La vida es muy dura, y aunque es cierto que el hambre afila mucho el ingenio, es mucho más verdad que el hambre no es nada escrupuloso. Así que aquí va el primer motivo para hacer uso de las putas: LA NECESIDAD.

Además de esto, de esta "salida de emergencia", se me ocurre un segundo motivo (no se quiten, por favor, de la cabeza lo que no soy) para pagar por sexo: ¿Tengo yo, con mi triste figura y mi timidez general, alguna oportunidad de montármelo con dos tías a la vez? ¿Con tres? ¿De follarme a una de esas bestias sexuales que quitan el hipo? Quiero decir, ¿tendremos alguno de nosotros esta oportunidad?
Me temo que no, que casi ninguno. Es verdad que hay gente que lo ha hecho sin tener que pagar. Pero también hay gente que ha pisado la luna o que ha conseguido acabarse el Ulises de Joyce... Posible y probable son los conceptos a barajar en este debate.

¿Qué no es razón? Quizá. Está claro que las fantasías no tienen porque convertirse en realidades, pero la tentación de hacerlo está ahí, palpitando(nos). Y, ¿saben ustedes cual es la fantasía sexual más común entre los varones?
¿Que a ustedes también les gustaría? Pues, sinceramente, si el trío es con otra tía, simplemente coméntenselo a su novio. Y si es con dos tíos, váyanse (sin su novio) a cualquier bar de copas y busquen dos amigos solitarios y bien avenidos. Si es con dos tías, no se que decir (¿que me avisen?).
Tras estas tres lineas que me han servido para sentirme un tío muy ingenioso, lo que venía a decir es lo siguiente: dado que a una mujer media, a priori, le es más sencillo lograr acostarse con alguien que al hombre medio, también parece probable que, a priori, les resulte más fácil disfrutar del sexo en grupo, una lluvia dorada o lo que sea que se les ocurra. ¡Aprovechen!

Sin desviarme más del tema, la razón, mi segunda razón, es, como ven, LA DIVERSIÓN. Como lo puede ser dar tiros a perdices, salir de compras o una botella de tequila reposado. Tengan en cuenta que no hablo de una mamada de esas de 10€ que se venden rebajadas en la casa de campo. Hablo de un polvo que, en algún sentido, pudiera estar siendo agradable a la chica, parecer "una relación normal", pasar por “sexo esporádico conseguido gratuitamente y practicado por puro placer”. Bueno, para la chica y, quizá más, para el usuario.

¿Es la diversión justificación suficiente? No lo se, aquí está mi duda. Pero, ¿lo es para que mueran unas perdices?, ¿para multiplicar por tres el número de muertos en carretera los fines de semana?, ¿justifica que trabajen los niños chinos? Quiero decir, ¿evaluamos alguna vez los costes de nuestra diversión? Para mi que no.
Ya se que no justifica nada. Se perfectamente que el que la humanidad joda el mundo y a los demás para divertirse (y, además, le importe un bledo) no convierte el hacerlo en algo aceptable. Pero, ya se sabe, a veces extender la mierda consuela.

Total, que LA DIVERSIÓN me puede llegar a parecer un motivo.

Y aún así, aquí me ven, pensándomelo. Cuando tantos otros ya han hecho el camino, aquí estamos, buscando el calzado apropiado. ¿Han leído, recientemente, que la edad del putero medio español se acerca a la frontera de los 30? ¿No es fascinante cuando uno descubre que una idea que uno consideraba muy personal la ha tenido mucha gente?
Lo terrible es que lo practican para ahorrar tiempo, molestias e incluso dinero. Quiero decir, hay una tercera razón: LA COMODIDAD. Y esto me cuesta más compartirlo, no me parece suficiente razón (mientras que la necesidad y la diversión sí). Es sólo puro consumismo: quiero esto y lo quiero ¡ya!.

Además, ¿ahorrar tiempo de qué? ¡¡Con lo divertido que es ligar!!

Aún no les he contado donde recaba sus apoyos el NO. Pues un poco lo que a cualquiera. La sordidez, el miedo a estar financiando el sufrimiento a una mujer (ya sea un sufrimiento más o menos obvio y más o menos conocido y aceptado por ella), lo doloroso de ver a alguien degradándose por dinero (porque para mí es degradante), la vergüenza de pensar en la mujer como objeto de consumo... Y, sobre todo, el miedo a atravesar una frontera. La línea roja que sabes que, si te atreves a pasar, nunca te va a dar volver a dar miedo hacerlo. Como la de cagar en un bar de copas. O robar en El Corte Ingles. O la de darle una bofetada a tus sobrinos.

Lo peor es, además, que si quiero que sea realmente divertido quizá no debería esperar a ser un cuarentañero desesperado y avejentado, sino que hoy, y no mañana, le sacaré más partido al encuentro. Hay prisa, hay prisa.... Y ya saben lo que opino yo de las prisas

En fin, que aquí seguimos, pensandonoslo. Esperando a que nos alcance la cuarentena y que la frontera sea la que pase sobre nosotros. Sabiendo que, a lo mejor, esperar a que sea la necesidad y no la diversión es lo sensato. Aunque también lo feo.